viernes, 6 de septiembre de 2013

Todo no está bien

 RAY BRADBURY

(Waukegan, Illinois, EE.UU., 1920-Los Ángeles, California, EE.UU., 2012)

Sol y Sombra 
(de Las doradas manzanas del sol, Minotauro, 1953)

Se oyó el clic, de un insecto. La cámara, azul y metálica, como un escarabajo grande y gordo en las preciosas y tiernamente hábiles manos del hombre, parpadeó a la luz centellante del sol.
–¡Calla, Ricardo!
–¡Eh, usted!–gritó Ricardo asomado a la ventana.
–¡Basta, Ricardo!
Ricardo se volvió hacia su mujer.
–No me lo digas a mí, díselo a ellos. Baja y díselo a ellos. ¿O tienes miedo?
–No hacen daño a nadie –dijo la mujer pacientemente
Ricardo se apartó y se asomó a la ventana mirando hacia la calle.
–¡Eh, usted!–gritó
El hombre de la cámara negra alzó los ojos desde la calle, y luego siguió apuntando con su máquina a la señora de los pantalones blancos como la sal, el corpiño blanco y el verde pañuelo ajedrezado. La mujer se apoyaba en el agrietado yeso del edificio. Detrás de ella sonreía un muchacho moreno, con la mano en la boca.
–¡Tomás! –aulló Ricardo. Se volvió hacia su mujer–. Oh Jesús bendito, Tomás, mi propio hijo, en la calle, riéndose.
Ricardo fue hacia la puerta.
–¡Cuidado, Ricardo! –gritó su mujer.
–¡Les cortaré la cabeza! –dijo Ricardo, y desapareció.
En la calle, la mujer se apoyaba perezosamente en una baranda de descascarado color azul. Ricardo salió justo a tiempo.
–¡Esa baranda es mía! –dijo.
El hombre de la cámara se apresuró.
–No, no estamos sacando fotos. Todo está bien. Ya nos vamos.
–Todo no está bien –dijo Ricardo, y sus ojos castaños centellearon. Agitó una mano arrugada–. Ella está en mi casa.
–Estamos sacando fotografías artisticas –sonrió el fotógrafo.
–¿Qué haré ahora? –le dijo Ricardo al cielo azul–. ¿Enloquecer con la noticia? ¿Bailar como un santo epiléptico?
–Si se trata de dinero, bueno, aquí tiene cinco pesos –sonrió el fotógrafo.
Ricardo apartó la mano del hombre.
–El dinero me lo gano trabajando. Usted no entiende. Váyase, por favor.
El fotógrafo parecía perplejo.
–Espere...
–¡Tomás, adentro!
–Pero, papá...
–¡Jaaa!–aulló Ricardo.
El chico desapareció.
–Esto no ha ocurrido nunca antes –dijo el fotógrafo.
–¿Cuánto tiempo durará esto? ¿Qué somos?¿Cobardes? –le preguntó Ricardo al mundo.
Se estaba reuniendo una multitud. La gente murmuraba y sonreía y se daba codazos. El fotógrafo cerró su cámara con irritada buena voluntad, y le habló por encima del hombro a la modelo.
–Muy bien.Usaremos otra calle. Hay allí una pared con unas hermosas grietas y algunas hermosas sombras. Si nos apresuramos . . .
La muchacha, que había estado retorciéndose nerviosamente el pañuelo, alzó del suelo la valija de cosméticos y pasó corriendo junto a Ricardo, pero éste alcanzó a tocarle el brazo.
–No me entienda mal –dijo rápidamente. La muchacha se detuvo y lo miró parpadeando. Ricardo continuó–: No estoy enojado con usted. O usted.
Señaló el fotógrafo.
–Entonces por qué... –dijo el fotógrafo.
Ricardo agitó una mano.
–Ustedes son empleados; yo soy un empleado. Somos todos empleados. Tenemos que entendernos. Pero cuando usted llega a mi casa con una cámara que parece el ojo de un tábano negro, se acabó la comprensión. No quiero que me usen la calle por sus bonitas sombras, o mi cielo por su sol, o mi casa porque hay una grieta interesante en la pared. ¡Aquí! ¡Mire! ¡Ah, qué hermosa! ¡Apóyese aquí! ¡ Póngase allá! ¡Siéntese aquí! ¡Agáchese allá! Oh, lo oí. ¿Cree que soy estúpido? Tengo libros en mi cuarto. ¿Ve esa ventana? ¡María!
La cabeza de su mujer apareció en la ventana.
–¡Muéstrales mis libros! –gritó el hombre.
María se revolvió y murmuró, pero un momento después apareció con uno, dos, seis libros, cerrando los ojos apartando la cabeza como si los libros fuesen pescado viejo.
–¡Y dos docenas más en la bohardilla! –gritó Ricardo–. No está hablando usted con una vaca, ¡habla usted con un hombre!
–Escuche –dijo el fotógrafo guardando rápidamente sus placas. –Nos vamos. Muchas gracias.
–Antes de irse, debe entender qué quiero decir –observó Ricardo–. No soy un hombre malo. Pero puedo enojarme mucho realmente. ¿Parezco una figura de cartón?
–Nadie dijo que alguien se pareciese a algo.
El fotógrafo recogió su valija y echó a caminar.
–Hay un fotógrafo dos cuadras más arriba –dijo Ricardo acompañándolo–. Tienen decorados de cartón. Usted se pone enfrente. El cartón dice Gran Hotel. Le sacan una fotografía y parece como si usted estuviese en el Gran Hotel. ¿Entiende? Mi calle es mi calle, mi vida es mi vida, mi hijo es mi hijo. ¡Mi hijo no es un decorado! Vi cómo ponía usted a mi hijo contra la pared, así, y así, en el fondo. ¿Cómo lo llama usted? ¿Para una buena atmósfera? ¿Para hacer más atractivo el conjunto, con la hermosa señora enfrente?
–Está haciéndose tarde –dijo el fotógrafo, sudando.
La modelo caminaba junto a él, del otro lado.
–Somos pobres –dijo Ricardo–. Nuestras puertas pierden la pintura, nuestras paredes están agrietadas, nuestras cañerías de desagüe dan a la calle, las calles son de guijarros. Pero siento una furia terrible cuando veo que usted se acerca a estas cosas como si yo las hubiese planteado así, como si hace años yo le hubiese dicho a la pared que se agrietase. ¿Cree que yo sabía que venía usted y descascaré la pintura?¿O que yo sabía que venía usted y le puse a mi chico las ropas más sucias? ¡No somos un estudio! Somos gente, y merecemos que se nos trate como gente. ¿Está claro?
–Con todos los detalles –dijo el fotógrafo, sin mirarlo, apresurándose.
–¿Ahora que conoce mis deseos y mis razones será usted tan amable y se irá a su casa?
–Es usted un hombre gracioso –dijo el fotógrafo–. ¡Eh! –Se encontraron con otras cinco modelos y un segundo fotógrafo al pie de una vasta pendiente escalonada, como una torre de bodas, que llevaba a la blanca plaza del pueblo–. ¿Qué haces, Joe?
–Hemos logrado unas buenas tomas de cerca de la iglesia de la Virgen, unas estatuas sin narices, encantadoras –dijo Joe–. ¿Qué es este alboroto?
–Pancho se enojó. Parece que nos apoyamos en su casa y se la echamos abajo.
–Me llamo Ricardo. Y mi casa está intacta.
–Sacaremos unas fotos aquí, querida –dijo el primer fotógrafo –. Ponte bajo la arcada de esa tienda. Hay una vieja pared muy bonita ahí.
Espió en los misterios de la cámara.
–Ajá. –Ricardo estaba ahora terriblemente sereno. Miró cómo los otros se preparaban. Cuando estaban listos para sacar la fotografía echó a correr llamando a un hombre que estaba en un umbral–. ¡Jorge! ¿Qué haces?
–Estoy aquí –dijo el hombre.
–Bueno –dijo Ricardo–, ¿no es ésa tu arcada? ¿Vas a dejar que ellos la usen?
–No me molestan –dijo Jorge.
Ricardo le sacudió el brazo.
–Tratan tu propiedad como si fuese el escenario de una película. ¿No te sientes insultado?
Jorge se rascó la nariz.
–No lo he pensado.
–¡Pues piénsalo, hombre, por Dios!
–No veo nada malo.
–¿No habrá otro en el mundo que tenga lengua? –les dijo Ricardo a sus manos vacías–. ¿Es este un pueblo de telones y escenarios? ¿Nadie hará nada sino yo?
La gente los había seguido calle abajo, y ahora era un grupo bastante numeroso, al que se unían otros atraídos por los atronadores gritos de Ricardo. El hombre pateaba el suelo, cerraba los puños, escupía. El fotógrafo y las modelos lo observaban nerviosamente.
–¿Quiere un hombre pintoresco en el fondo? –le dijo furiosamente al hombre de la cámara–. Posaré aquí. ¿Me quiere cerca de esta pared, con mi sombrero así, mis pies así, y la luz y asá en las sandalias que me he hecho yo mismo? ¿Quiere que agrande este agujero de la camisa, así? Ya está. ¿Tengo la cara bastante transpirada? ¿Tengo el pelo bastante largo, amable señor?
–Quédese ahí, si quiere –dijo el fotógrafo.
–No mirará la cámara –le aseguró Ricardo.
El fotógrafo sonrió y alzó la máquina.
–Un paso a la izquierda, querida –La modelo se movió–. Ahora gira la pierna derecha. Así, magnífico, magnífico. ¡Quietos!
La modelo se inmovilizó, con la barbilla levantada.
Ricardo dejó caer los pantalones.
–¡Oh, Dios mío! –dijo el fotógrafo.
Algunas de las modelos chillaron. La multitud se rio festejando la escena con algunos manotazos. Ricardo se levantó tranquilamente los pantalones y se apoyó en la pared.
–¿Fue eso bastante pintoresco? –dijo. 
–Oh, Dios mío –murmuró el fotógrafo.
–Bajemos a los muelles –dijo el asistente.
–Me parece que yo también iré –sonrió Ricardo.
–Dios santo, ¿qué podemos hacer con este idiota?
–¡Cómpralo!
–¡Ya lo intenté!
–Quizás no le ofreciste bastante.
–Oye, ve a buscar un policía. Yo pararé esto.
El asistente echó a correr. La gente de alrededor se quedó fumando nerviosamente, mirando a Ricardo. Vino un perro y orinó brevemente contra la pared.
–¡Mire eso! –gritó Ricardo–. ¡Qué arte! ¡Qué dibujo! ¡Rápido, antes que el sol lo seque!
El hombre de la cámara le dio la espalda y miró hacia el mar.
El asistente llegó corriendo por la calle. Detrás de él, un policía del lugar caminaba tranquilamente. El asistente tenía que detenerse y volver atrás para urgir al policía. El policía le aseguraba con un ademán, desde lejos, que el día no había terminado y que a su debido tiempo llegarían a la escena de cualquiera fuese el desastre.
El policía se detuvo al fin detrás de los dos fotógrafos.
–¿Qué pasa aquí?
–Ese hombre. Queremos que se lo lleve.
–Pero es un hombre que sólo está apoyado en la pared –dijo el oficial.
–No, no es eso, él... Oh, demonios –dijo el hombre de la cámara–. No puedo explicarlo sino mostrándoselo. Posa, querida.
La muchacha posó. Ricardo posó, sonriendo distraídamente.
–¡Ya!
La muchacha se endureció. Ricardo dejó caer los pantalones.
Clic, hizo la máquina.
–Ah –dijo el policía.
–¡Tengo la prueba en la cámara si la necesita! –dijo el fotógrafo.
–Ah –dijo el policía sin moverse, con la mano en la barbilla–. Ajá.
Observó la escena como si fuese un aficionado a la fotografía. Miró a la modelo, con la enrojecida y nerviosa cara de mármol. Miró los guijaros, la pared, y a Ricardo. Ricardo fumaba orgullosamente un cigarrillo a la luz del mediodía, bajo el cielo azul, con unos pantalones donde están pocas veces los pantalones de un hombre.
–¿Bueno, oficial? –dijo el hombre de la cámara, esperando.
–¿Qué quiere exactamente que haga? –dijo el policía sacándose la gorra y enjuagándose la frente morena.
–¡Arreste a ese hombre! ¡Exhibición indecente!
–Ah –dijo el policía.
–¿Bueno? –dijo el fotógrafo.
La multitud murmuraba. Todas las hermosas modelos miraban las gaviotas y el océano.
–Ese hombre apoyado en la pared –dijo el oficial–. Lo conozco. Se llama Ricardo Reyes.
–¡Hola, Esteban! –llamó Ricardo.
El oficial llamó también.
–Hola, Ricardo.
Se saludaron con la mano.
–No hace nada que yo pueda ver –dijo el oficial de policía.
–¿Qué quiere decir? –dijo el fotógrafo–. Está tan desnudo como una piedra. ¡Es inmoral!
–Ese hombre no hace nada inmoral –dijo el policía –. Si estuviese haciendo algo con las manos o el cuerpo, algo terrible que no se pudiera mirar, yo actuaría en seguida. Pero como no hace otra cosa que estar apoyado en la pared, sin mover ni un brazo ni un músculo, no hay nada malo.
–¡Está desnudo, desnudo! –gritó el fotógrafo.
El oficial parpadeó.
–No entiendo.
–¡Uno no anda ahí desnudo!
–Hay gente desnuda y gente desnuda –dijo el oficial–. Buena y mala. Sobria y borracha. Me parece que este hombre no es un borracho, es un hombre de buena reputación. Desnudo, sí: pero que no hace nada con su desnudez que pueda ofender a la comunidad.
–¿Quién es usted, su hermano? ¿Quién es, su cómplice? –dijo el fotógrafo. Parecía como si en cualquier momento fuese a estallar y morder y ladrar y correr en círculos bajo el sol deslumbrante–. ¿Dónde está la justicia? ¿Qué va a pasar aquí? Vamos, chicas, ¡nos iremos a otra parte!
–Francia –dijo Ricardo.
El fotógrafo giró en redondo.
–¡Qué!
–Dije Francia, o España –dijo Ricardo–. O Suecia. He visto hermosas fotografías de paredes suecas. Aunque sin muchas grietas, es cierto. Olvide mi sugestión.
El fotógrafo sacudió la cámara, el puño.
–¡Sacaremos fotografías a pesar de usted!
–Estaré allí –dijo Ricardo–. Mañana, pasado mañana, en los toros, el mercado, en todas partes, a donde usted vaya iré yo, tranquilamente, sin prisa. Con dignidad, a cumplir con mi necesaria tarea.
Los fotógrafos lo miraron y comprendieron que era cierto.
–¿Pero quién es usted? ¿Quién demonios cree ser? –gritó el fotógrafo.
–He estado esperando que me lo preguntara –dijo Ricardo –. Piense en mí. Váyase a su casa y piense en mí. Mientras haya un hombre como yo entre diez mil, el mundo seguirá andando. Sin mí, todo será un caos.
–Buenas noches, niñera –dijo el fotógrafo, y tomando un enjambre de mujeres, cajas de sombrero, cámaras y valijitas de maquillaje se retiró calle abajo, hacia los muelles–. Es hora de almorzar, queridas. Pensaremos algo más tarde.
Ricardo observó tranquilamente cómo se iban. No se había movido. La multitud seguía mirándolo y sonreía.
Ahora, pensó Ricardo, iré calle arriba hasta mi casa, con la puerta donde falta la pintura en el sitio que he rozado mil veces al pasar, y pisaré las piedras que he gastado en mis caminatas de cuarenta y seis años, y pasaré la mano por la grieta de la pared de mi casa, la grieta que dejó el terremoto de 1930. Recuerdo bien la noche, estábamos en cama, Tomás no había nacido aún, y María y yo nos queríamos mucho, y pensábamos que era nuestro amor lo que movía la casa, tibia y grande en la noche; pero era un terremoto, y a la mañana vimos la grieta en la pared. Y subiré los escalones y saldré al balcón de hierro de la casa de mi padre, balcón que hizo con sus propias manos, y comeré la comida que mi mujer me servirá en el balcón con los libros al alcance de la mano. Y mi hijo Tomás, que creé sacándolo de unas ropas, sí, sábanas de cama, admitámoslo, con mi buena mujer. Y comeremos y hablaremos sin fotógrafos, sin telones, sin pinturas, sin escenarios, todos nosotros. Y todos nosotros seremos actores, muy buenos actores, por cierto.
Y como para acompañar este último pensamiento un sonido llegó a sus oídos. Estaba subiéndose solemnemente los pantalones, con gran dignidad y gracia, cuando oyó el hermoso sonido. Era como un aleteo de dulces palomas en el aire. Era un aplauso.
La pequeña multitud lo observaba mirando cómo representaba la última escena de la pieza, antes del intervalo para almorzar, con qué belleza y elegante decoro se subía los pantalones. El aplauso rompió como una breve ola en la costa del mar cercano.
Ricardo alzó la mano y les sonrió a todos.
Mientras subía hacia su casa le estrechó la pata al perro que había mojado la pared.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char