domingo, 28 de abril de 2013

¿Qué estáis hablando de necesidad?


WILLIAM SHAKESPEARE

(Stratford-upon-Avon, Warwickshire, Reino Unido, 1564-ib., 1616) 


De El rey Lear
(De archivo)

Acto I, Escena 2

Gloucester: Esos recientes eclipses del sol y la luna no nos presagian nada bueno. Aunque la sabiduría natural pueda explicarlo de un modo o de otro, sin embargo, la propia Naturaleza se encuentra azotada por los efectos siguientes: el amor se enfría, la amistad falla, los hermanos se separan; en las ciudades hay desórdenes; en los países, discordia; en los palacios, traición; y se rompe el vínculo entre hijo y padre. Este villano mío cae bajo predicción: ahí está el hijo contra el padre. El Rey se desvía de la inclinación de la Naturaleza: ahí está el padre contra el hijo. Hemos visto ya lo mejor de nuestros tiempos: maquinaciones, falsía, traición y todos los desórdenes perniciosos nos siguen agitadamente hasta nuestras tumbas... (Se va).

Edmundo: Ésta es la magnífica estupidez del mundo, que cuando enfermamos en fortuna –a menudo por los hartazgos de nuestra propia conducta– echamos la culpa de nuestros desastres al sol, a la luna y a las estrellas, como si fuéramos villanos por necesidad, idiotas por obligación celestial, villanos, ladrones y traidores por el influjo de las esferas; borrachos, embusteros y adúlteros por forzosa obediencia a la influencia planetaria, y todo aquello en que somos malos, por un impulso divino. ¡Admirable evasión de putañero, echar la culpa de ser tan rijoso como un chivo, a cargo de una estrella!...
***
LEAR.–Os hice mis guardianas, mis depositarias, no reservándome sino cierto número de oficiales para mi séquito. ¿Para entrar en casa sólo he de llevar veinticinco ¿no acabas tú de decirlo?

REGAN.–Y lo repito, señor; ni más.

LEAR.– Incluso la criatura más despreciable puede parecer digna de elogio ante una aun peor. (A Goneril) Volveré a tu castillo. Tus cincuenta son el doble de sus veinticinco, y así, tu cariño es doble que el suyo.

GONERIL.–Escuchad, señor, ¿qué necesidad tenéis de veinticinco caballeros, ni siquiera de diez, ni aún de cinco, para venir a una casa donde encontraríais a un número de servidores tres veces mayor?

REGAN.–¿Qué necesidad tenéis ni de uno solo?

LEAR.–¿Qué estáis hablando de necesidad? El mendigo más miserable goza de alguna superfluidad en medio de su pobreza. Si al hombre sólo le concedes lo estrictamente necesario, su vida será tan barata como la del bruto. Princesa eres: si todo el lujo consistiese en vestir bien abrigada, ¿necesita la naturaleza de esos preciosos trajes que llevas y que apenas pueden defenderte del filo? Otra cosa necesito yo: la paciencia; otorgádmela, clementes dioses. En mi veis a un desventurado viejo, tan abrumado por el dolor como por el peso de sus años. Si sois vosotros los que armáis a estas hijas contra su padre, no me inspiréis demasiada insensibilidad para soportar tranquilo sus injurias; infundidme una noble cólera. No mancille las mejillas de un anciano el llanto, única arma de la mujer. Sí, monstruos desnaturalizados, de vosotras tomaré una venganza que el mundo entero... Ignoro a qué extremos llegaré; pero juro que ha de temblar la tierra. ¿Pensabais verme llorar? No lo lograréis. Verdad es que me sobra motivo para ello: mas antes de verter una sola lágrima, quedará roto en pedazos mi corazón. ¡Ah! ¡temo volverme loco!
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Otra versión

“Oh, cielos, dadme la paciencia! ¡La paciencia que necesito!
Veis aquí, dioses, a un pobre anciano.Tan lleno de sufrimientos como de años, por unos y otros afligido;
Dioses, si sois vosotros los que armáis el corazón de mis hijas
Contra su padre, no me volváis loco hasta el punto
de soportarlo con cobardía; tocadme con fiera indignación,
¡No dejéis que el arma de las mujeres, las gotas de las lágrimas,
Manchen mi rostro de hombre! ¡No! Furias desalmadas,
Me tomaré sobre vosotras dos tales revanchas
Que el universo… haré tales cosas…
¿Qué cosas? No lo sé todavía, pero serán,
Espantosas para la tierra. Creéis que voy a llorar;
No, no lloraré;
Tengo plena razón para llorar; pero este corazón
En cien mil añicos se romperá
Antes que llore, ¡Oh, locura, me volveré loco!”
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char