viernes, 14 de septiembre de 2012

Esta noche, esta misma noche

JUAN LAURENTINO ORTIZ
(Puerto Ruiz, Entre Ríos,
Argentina; 1896-Paraná, íd., 1978)



Luna deshojada en el viento…

Luna deshojada en el viento de la medianoche
 que ha apagado el río
 y da a aquellos árboles
 cercanos de la isla
 una forma huyente
 casi desesperada
 hacia el sur.

Gráciles mujeres con sus agitadas vestiduras de ceniza,
 hacia dónde?
 sobre el flotante y casi inquieto
 infinito que se corona allá abajo de estrellas.
 La noche, sin embargo, da una ligera paz al corazón.
 La noche se busca más allá de sí misma en el viento que la deshoja,
 sin detenerse demasiado en el repentino camino de lirios
 que la luna reintegrada hace brotar un momento en el agua.

Seguir la noche sentado en la barranca,
 una ligera paz en el corazón...
 Pero la noche se busca más allá de sí misma, amigos,
 y aquellas huyentes criaturas que no alcanzarán las estrellas...
 Pero hay otras criaturas que huyen esta noche bajo el fuego de los hombres
 porque los suyos defienden las formas inmediatas y sencillas
 de su acuerdo con el universo: su paisaje y su casa,
 con todo lo que surgiera de su inocente y honda amistad con éstos,
 destacándose o disolviéndose en su sangre cantante;
 porque ellos defienden las formas de su alma, o estetas,
 o la eternidad viva de su alma, o poetas amantes de una eternidad rígida,
 muerte mezquina que os impusieran a vuestros sueños que creíais soberanos.

Las criaturas que huyen bajo el fuego de los hombres,
 esta noche, esta misma noche, en que el viento aquí deshoja la luna
 y agita hacia el sur fantasmas grises sobre un infinito palpitante!
 Esta noche, esta misma noche aquí deshecha en una búsqueda angustiada!

Esta noche, esta misma noche, con transversal y efímero florecimiento de luna líquida.
 Esta noche, esta misma noche, las criaturas que huyen bajo alas de espanto,
 mientras los suyos entre la tormenta
 de hierro, bien derechos, bien derechos se yerguen sobre las cimas del ser.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char