jueves, 17 de enero de 2013

Para mí sobar cueros. Comer. Ir por agua

Cándido López: Campamento argentino en los montes de la costa del río Paraná,
paseosimaginarios.com

SARA GALLARDO
(Buenos Aires, 1931-ibídem, Argentina, 1988)

Vapor en el espejo

Tokio se llama la tintorería de mi barrio. Su dueña, desde una mesa, vigila los trabajos. Casi no habla español. Entre el vapor sus hijos escuchan tangos en la radio. El día que me hicieron rector en la Universidad fui a hacer planchar mis pantalones. Los muchachos me dieron una bata mientras esperaba.
Por pudor, la madre dejó el puesto. Lo ignora: enseño lenguas orientales.
Pude leer, en la mesa, qué escribía: Aquí estabas espejo cuatro años escondido entre papeles. Un rastro de belleza perduraba en tus aguas. ¿Por qué no lo guardaste?

De alguna cosa sirve, comprendí esa tarde, ser rector de la Universidad, experto en lenguas orientales, dueño de un solo pantalón.

De El país del humo
***

1

Detrás del gran rey cuelga un cuero pintado. Puede agitarse, es el viento. O no agitarse: la reina está escuchando. Los muertos por su orden cuento en mí. Tontas las que lloran su juventud pasada: ignoran los secretos de la fermentación. Vean las borracheras bajo las estrellas: si el agua es para el día, para el dominio es el alcohol.

Alcohol es la vejez. Perdí los dientes, mi aliento es influir. Trenzo mis canas ¿qué se trenza sin mí?

Tengo un anhelo sin embargo. Haría matar a esa muchacha. Y a su hijo en sus brazos.
**
Para mí sobar cueros. Comer. Ir por agua. Hilar los vellones, disponer los hilos, tejer. Mirar el humo, si lloverá mañana. Evacuar tranquila entre las matas. Sazonar el venado por la herida. Cebar mate y tomarlo. Teñir la pluma de avestruz.

Cada día lo suyo. Buena vida. Dormir.

***

Ángel del anta, haceme duro en el agua y en la tierra para aguantar el agua y la tierra. Ángel del tigre, haceme fuerte con la fuerza del fuerte. Ángel del suri, dejame correr y esquivar y dame la paciencia del macho que cuida de la cría. Ángel del sapo rococó, dame corazón frío. Ángel de la corzuela, traeme el miedo. Ángel del chancho, sacame el miedo. Ángel de la abeja, poneme la miel en el dedo. Ángel de la charata, que no me canse de decir Señor. Díganme. Vengan aquí; prendan sus fuegos aquí; hagan sus casas aquí, en el corazón de Eisejuaz, ángeles mensajeros del Señor Ángel del tatu, para bajar al fondo, para saber, cuero de hueso para aguantar. Ángel de la serpiente, silencio. Vengan, díganme, prendan sus fuegos, hagan sus casas, cuelguen sus hamacas en el corazón de Eisejuaz.
***

Digo al quebracho, al colorado: ¿y ese gusano? Le digo: ¿Y ese blanco, ese grueso como el dedo, ese que camina hasta tu corazón? ¿No eras duro como la piedra? He sabido ahora cómo los ángeles mensajeros del Señor vienen con mezcla, enseñan a vivir con mezcla, colorado quebracho. Al año de aserrado vienen a verte del ferrocarril; cuentan ciento y veinte y ocho agujeros del gusano y no te quieren; ciento y veinte y siete sí te compran. ¿Y no sos duro como la piedra? Con mezcla vienen, enseñan a vivir con mezcla, ángeles, enviados, hijos del Señor que es sólo, quieto, que vive siempre.
***

En ese monte sentí también a los mensajeros de los palos. Les he dicho: "Mora buena, que no arde, amarilla, que no calienta la mano, buena para manejar el fuego, buena para cabo de hacha, de martillo, buena para durmiente en las vías del tren. Afata, fría en la mano. Palo blanco, que tiene zámago, que no se pica, que se quiebra, que calienta la mano. Palo amarillo, que no se quiebra, que sí calienta la mano. Díganme como viene con mezcla, viene con nube, viene con sol, el secreto, la palabra secreta del Señor. Guayavil mensajero del Señor, nunca grande, aguantador del viento, espejo de ese lanza blanca. Lanza amarilla huérfano de flor, que no me duela, que no llore, que no diga ¿por qué? Y ese que se hace liviano con el tiempo, ese palo que será poroso, que no pesa, que el sol no raja ese bueno para arzones, para bastos, cazazapallos.

De Eisejuaz (Sudamericana, 1971)
***
9

Yo me glorío de su gloria.
Repito, para que el viento lleve:
Dos mil quinientas leguas de confederación.
Dos mil lanceros.
Cuatro caballos por lancero.
Así se cuenta la grandeza de un rey.
Yo camino, pesada de grandezas.
¿Por qué me montó una sola vez?
**
XXIII

Esperé diez años. Y me vio.
Llegaba de la guerra. Sangre negra le chorreaba el pecho. Vi sus hijos, sus nietos. Las plumas de sus lanzas también negras, locas de victoria. Mujeres, viejos, perros, chicos eran un solo aullido. Y las cautivas color muerte.
Yo le sostuve la mirada. Su caballo rayó junto a mis pies. Mi abuela me pegó.
Celebraron durante muchos días. Los guerreros dormían, vomitaban. Esperé. El rey caminó entre las tiendas. Vi abrir el cuero de mi casa.
Nunca lo nombré. Nunca me nombró. Yo fui rey, él muchacha. Aprendí a gobernar, él a reír. Suelen hablar. Poco saben de amor.

XXXI

Llovía. Y llovía mi llanto. Es triste ser mujer del viejo rey. Era de noche, debajo de la manta. En otoño las cosas son así.
Entró en la oscuridad el hijo de mi esposo. Había bebido. Tal vez se equivocó.
Aquello fue salir al resplandor en un caballo de batalla. Fue correr. Fue vencer.

XXXII

Su padre le dijo el día del primer combate:
–Que ninguna mujer te importe más que la guerra.
Su padre le dijo el día del primer banquete:
–Ninguna mujer lleva más lejos que el alcohol.
Su padre le dijo el día del primer sacrificio:
–Atarse a una mujer es apartarse del misterio.
Conoció el combate, el alcohol, el misterio. Me dice:
son tres sombras junto a falda roja.

*De "Las treinta y tres mujeres del Emperador Piedra Azul". En El país del humo (Alción, 2003)
***

“¿Que es el día, qué es el mundo cuando todo tiembla dentro de uno?
El cielo se pone oscuro, las casas crecen, se juntan, se tambalean, las voces suben, aumentan, son una sola voz. Basta! ¿Quien grita así? EL alma esta negra, el alma como el campo con tormenta, sin una luz, callada como un muerto bajo la tierra. 
Nefer va con el mate en la mano. En el galpón bailan hace rato y ella bailo con muchos a la luz fuerte de los faroles. Ahora corre, huyendo. 
Nicolás, el que trabaja en las vías del tren, le dice "Nefer", cruzado, enorme en su camino. Ella se detiene. 
–Que llevas ahí?, ¿mate?
Nefer lo mira y ve su cara, no ve sus bigotes, ve a Delia con Negro, bailando y riendo. Dice sí, lo mismo hubiera dicho no. El hombre dice:
–¿Me convidas?, tengo sed. 
–Está seco, hay que cambiar la yerba. 
Por su cara bajan lágrimas, pero no lo sabe. El hombre tomó vino, tiene olor, ella lo vio esa tarde riendo y hablando. 
La toma por un brazo y las espinas del monte se incrustan en su espalda. El hombre tiene bigotes y olor a vino, las ramas de los árboles son un mundo, el Negro está con Delia, el hombre suda, hace calor, me ahogo, ah Negro, Negro, qué me has hecho, mirá mi vestido, era para vos. Durante meses esperé este día para invitarte...”

De Enero (Sudamericana, 1973)
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char