martes, 30 de abril de 2013

¡Salud, mundo infernal!

JOHN MILTON

(Londres, Inglaterra, 1608-1674)

Soneto 22

Ciriaco, este día que dura tres años, estos ojos limpios
De mancha o impureza, para mirar hacia fuera;
Privados de luz, han olvidado la visión,
Y no aparece para estos perezosos la vista

Del sol, o la luna o las estrellas a lo largo del año,
O el hombre o la mujer. Aún yo no razono
Contra la mano del Cielo o su voluntad, ni disminuyo una pizca
De corazón o de esperanza; mas todavía navego con viento a favor y llevo

El timón derecho hacia delante. ¿Qué me sostiene, preguntas tú?
La conciencia, amigo, de haberlos perdido navegando con viento en contra
En defensa de las libertades, mi noble misión,

De la que habla toda Europa de costa a costa.
Este pensamiento podría conducirme a través de la vana máscara del mundo;
Contento aunque ciego, no tengo mejor guía.
***
Paraíso perdido
Fragmento

(...)
¡Salud, mundo infernal! Y tú, profundo Averno,
recibe a tu nuevo señor, cuyo espíritu
no cambiará nunca, ni con el tiempo, ni en lugar alguno.
El espíritu vive en sí mismo, y en sí mismo
puede hacer un cielo del infierno, o un infierno del cielo.
¿Qué importa el lugar donde yo resida,si soy el mismo que era,
si lo soy todo, aunque inferior a aquel
a quien el trueno ha hecho más poderoso?
Aquí, al menos, seremos libres,
pues no ha de haber hecho el Omnipotente este sitio
para envidiárnoslo, ni querrá, por lo tanto, expulsarnos de él;
aquí podremos reinar con seguridad, y para mí,
reinar es ambición digna, aun cuando sea sobre el infierno,
porque más vale reinar aquí, que servir en el cielo.
Pero, ¿dejaremos a nuestros fieles amigos,
a los partícipes y compañeros de nuestra ruina,
yacer anonadados en el lago del olvido?
¿No hemos de invitarlos a que compartan con nosotros
esta triste mansión, o intentar una vez más,
con nuestras fuerzas reunidas, si hay todavía algo que
recobrar en el cielo, o más que perder en el infierno?»
(...)
**
Versiones: s/d
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char