sábado, 26 de enero de 2013

Tengo débil la sombra

Tomada de www.autorexus.com.ar

Otros poemas de EDUARDO MILEO
(Buenos Aires, Argentina, 1953)

El sereno

No hay más que ver el silencio
con que el faro
señala a la luna su cara nueva.
***
Poemas de madrugada

La pesca en el hielo

Comencé a pescar en el hielo
cuando murió mi madre.
Todas las mañanas
iba en el trineo
a inventar de nuevo el mundo.
Los peces me daban el calor
de su movimiento.

Creo que sé lo que hago:
cavo un hueco y busco
vida en el útero helado.
***
Veneno

Como cada mañana se abre
con el olor del pan
se abrió mi corazón con el dolor
de tu partida.

Ubre de silencio me amamanta.
Túnica de harina me amortaja.
El trigo que se mueve con el viento
me mueve sin propósito.

No hay bendición que me contenga
ni consuelo que me llegue repartido.
El pan que me alimenta
es el pan que me envenena.
***
Ojos de gata 

Tengo la infancia olvidada
por un abuso del crepúsculo.
Cualquier mirón (mirlo) sagaz
puede ver en mis ojos
la hoguera
donde ardieron las brujas.

Mis ojos
de bolita japonesa.

Persas
fenicios
vándalos
aqueos
adoraron mi estirpe
el noble arte de ocultarme
entre sedas y especias.

Tengo débil la sombra
tensado el iris como un arco.
Acecho el corazón de las palomas.
Y mato enamorada
con un salto.

Mis ojos
de bolita japonesa.

Pero no doy consuelo.
No acompaño.
No espero.
Mi destino es errar:
perder el sueño.
Como un perfil egipcio
confundida entre símbolos
caeré con las hojas de mi otoño.
**
Tomados del blog del autor: Laprida 
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char