domingo, 20 de enero de 2013

La cruda y desventurada forma de una historia

A. Rodin: El beso
MARK STRAND
(Prince Edward Island, Canadá, 1934)

La historia de nuestras vidas
                                               A Howard Moss

1
Leemos la historia de nuestras vidas
que tiene lugar en un cuarto.
El cuarto mira hacia una calle.
No hay nadie allí,
ningún sonido de nada.
Los árboles están cargados de hojas,
los autos estacionados no se mueven jamás. Continuamos pasando las páginas,
esperando algo,
algo como misericordia o cambio,
una línea negra que nos uniese
o nos separase.
Tal como es, parecería
que el libro de nuestras vidas está vacío.
Los muebles en el cuarto nunca cambian de sitio,
y las alfombras se oscurecen más
cada vez que nuestras sombras pasan sobre ellas.
Es como si el cuarto fuese el mundo,
nos sentamos uno junto al otro en el sofá,
leyendo acerca del sofá,
Decimos que esto es ideal.
Es ideal.


2
Leemos la historia de nuestras vidas
como si estuviésemos en ella,
como si la hubiésemos escrito.
Esto ocurre una y otra vez.
En uno de los capítulos
me recuesto y aparto el libro
porque el libro dice
que eso es lo que estoy haciendo.
Me recuesto y comienzo a escribir acerca del libro.
Escribo que me gustaría ir más allá del libro,
más allá de mi vida hacia otra vida.
Dejo la pluma.
El libro dice: Dejó la pluma
y se volvió a mirarla leer
la parte en que ella se enamora.
El libro es más preciso de lo que podemos imaginar.
Me recuesto y te miro leer
acerca del hombre al otro lado de la calle.
Levantaron una casa allí,
y un día un hombre salió de ella.
Te enamoraste de él
porque sabías que no te visitaría nunca,
jamás sabría que estabas esperando.
Noche tras noche tú dirías
que se parecía a mí.
Me recuesto y te miro envejecer sin mí.
La luz del sol cae sobre tu cabello de plata.
Las alfombras, los muebles,
parecen casi imaginarios ahora.
Ella continuó leyendo.
Parecía considerar su ausencia
sin una importancia especial,
como si alguien en un día perfecto considerara
que el clima es un fracaso
porque no cambió su parecer.
Entornas tus ojos.
Tienes el impulso de cerrar el libro
que describe mi resistencia:
cómo cuando me recuesto imagino
mi vida sin ti, imagino irme
hacia otra vida, otro libro.
Él describe tu dependencia en el deseo,
cómo las momentáneas revelaciones
de estos propósitos te hacen temer.
El libro describe mucho más de lo que debiera.
Él quiere dividirnos.


3
Esta mañana desperté y creí
que no había más en nuestras vidas
que la historia de nuestras vidas.
Cuando estuviste en desacuerdo, te señalé
el fragmento en el libro donde no estabas de acuerdo.
Te volviste a dormir y yo comencé a leer
esos misteriosos fragmentos que tú solías adivinar
mientras eran escritos
y dejaban de interesarte después de que formaban
parte de la historia.
En uno de ellos fríos trajes de luz de luna
cuelgan sobre los respaldos de las sillas en un cuarto de soltero.
El sueña con una mujer que ha perdido sus vestidos,
que se sienta en un banco de piedra en el jardín
y confía en los milagros.
Para ella el amor es sacrificio.
El fragmento describe su muerte
y ella nunca es nombrada,
lo cual es una de las cosas
que nunca pudiste tolerar.
Un poco más tarde aprendemos
que el hombre que sueña
vive en la casa nueva al otro lado de la calle.
Esta mañana, después de que te volviste a dormir
comencé a pasar las páginas iniciales del libro:
fue como soñar con la niñez,
tanto parecía desvanecerse,
tanto parecía cobrar vida de nuevo.
No sabía qué hacer.
El libro decía: En esos momentos era su libro.
Una corona fría descansaba incómoda en su cabeza.
El era el fugaz gobernante de la discordia interna y externa,
acongojado en su propio reino.


4
Antes de que despertaras
leí otro párrafo que describía tu ausencia
y te decía cómo dormías
para revocar el progreso de tu vida.
Me conmovió mi propia soledad mientras leía,
sabiendo que lo que sentía es a menudo
la cruda y desventurada forma de una historia
que quizá nunca sería contada.
Leía y me sacudió el deseo de ofrecerme a mí mismo
a la casa de tu sueño.
El quería verla desnuda y vulnerable,
verla en la basura, en las descartadas
tramas de sueños viejos, en los disfraces y máscaras
de estados inasequibles.
Era como si se sintiese atraído
irresistiblemente hacia el fracaso.
Era difícil seguir leyendo.
Estaba cansado y quería dejar.
El libro parecía darse cuenta de eso.
Insinuó cambiar de tema.
Esperé a que te despertaras sin saber
cuánto tiempo esperaba,
y parecía como si ya no estuviese leyendo.
Oí pasar al viento
como una corriente de suspiros
y oí el escalofrío de las hojas
en los árboles más allá de la ventana.
Estaría en el libro.
Todo estaría allí.
Miré tu rostro
y leí los ojos, la nariz, la boca...


5
Si sólo existiese un instante perfecto en el libro;
si sólo pudiésemos vivir en ese instante,
podríamos iniciar de nuevo el libro
como si no lo hubiésemos escrito,
como si no estuviésemos en él.
Pero las aproximaciones oscuras
a cualquier página son demasiado numerosas
y los escapes demasiado estrechos.
Leemos todo el día.
Cada página que pasamos es como una vela
moviéndose a través de la mente.
Cada instante es como una causa perdida.
Si sólo pudiésemos dejar de leer.
Él nunca quería leer otro libro
y ella continuaba mirando hacia la calle.
Los coches aún estaban allí,
la densa sombra de los árboles los cubría.
Las persianas estaban bajas en la casa nueva.
Quizás el hombre que vivía allí,
el hombre a quien ella amaba, estaba leyendo
la historia de otra vida.
Ella imaginaba una sala húmeda, cruel,
una chimenea fría, un hombre sentado
escribiéndole una carta a una mujer
que sacrificó su vida por amor.
Si hubiese un instante perfecto en el libro,
ése sería el último.
El libro nunca discute las causas del amor.
Pretende que la confusión es un bien necesario.
Nunca explica. Sólo revela.


6
El día va pasando.
Estudiamos lo que recordamos.
Miramos dentro del espejo al otro lado del cuarto.
No sufrimos estar solos.
El libro continúa.
Se pusieron silenciosos y no sabían cómo empezar
el diálogo tan necesario.
En primer lugar eran las palabras las que creaban divisiones,
las que creaban soledad.
Esperaron.
Pasaban las páginas,
esperaban que algo sucediera.
Remendarían sus vidas en secreto:
cada fracaso perdonado porque no podía ser probado,
cada dolor premiado porque era irreal.
No hicieron nada.


7
El libro no sobrevivirá.
Somos la prueba viviente de ello.
Está oscuro afuera, en el cuarto está aún más oscuro.
Te oigo respirar.
Me preguntas si estoy cansado,
si quiero seguir leyendo.
Sí, estoy cansado.
Sí, quiero seguir leyendo.
Digo que sí a todo.
Tú no puedes oírme.
Se sientan uno junto al otro en el sofá.
Eran las copias, los cansados fantasmas
de algo que habían sido antes.
Las actitudes que tomaron eran fatigantes.
Miraban en el libro
y se horrorizaban de su inocencia,
de su desgano a renunciar.
Se sentaron uno junto al otro en el sofá.
Estaban decididos a aceptar la verdad.
Fuese lo que fuese, la aceptarían.
El libro tendría que escribirse
y tendría que ser leído.
Ellos son el libro y
nada más.
***
Versiones s/d
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char