domingo, 15 de abril de 2012

"El miserable no tiene más remedio que la esperanza" W.S.

CIRCE MAIA
(Uruguay, 1932)

CONTRA LA VIDA, CONTRA LA MUERTE

            A comienzos del tercer acto de Medida por medida Shakespeare hace hablar a sus personajes –primero el Duque y luego Claudio– contra la vida al primero y contra la muerte al segundo. El Duque ataca a la vida y en especial a la vida humana como algo en realidad indigno: es vergonzoso poner tanto empeño en vivir, pues la vida misma no vale la pena, es algo bajo, inferior.
            El personaje principal, Claudio, condenado a muerte, escucha estas palabras del Duque con aprobación y se declara dispuesto a morir al otro día, serenamente. Recibe luego la visita de su hermana quien le revela que existe un medio, muy deshonroso de salvar su vida, aceptando que ella se entregue al poderoso Angelo que es quien ha decretado su condena. La hermana da por sentado que esto es imposible, que es una infamia que no puede pensarse. Claudio, sin embargo, después de estar de acuerdo con ella, cambia bruscamente.  Desea, de pronto, ardientemente, vivir, a cualquier precio.
            En la Grecia clásica, Sófocles le hacía decir a Ifigenia, al rogar a su padre
que no la sacrificara a los dioses: “Mala vida es mejor que hermosa muerte”.
Este es, súbitamente, el sentimiento de Claudio, quien le pide a su hermana que ceda, para salvarlo.

            Pongamos ambas intervenciones frente a frente. Notamos enseguida los tonos diferentes. El Duque razona: “Razonad de este modo con la vida”, le dice a Claudio, y desgrana luego los lamentables rasgos de la vida dirigiéndose a a ella misma, como acusándola: “Eres un aliento servil”, le dice, “algo que se deteriora de momento en momento”. La considera ridícula, absurda; “el bufón de  la muerte” “pues trabajas para ella, siempre corres hacia ella, aún queriendo evitarla”.
            Siguen varias negaciones: “Noble no eres, pues todos tus vestidos, tus adornos, se nutren de bajezas”. ¿Cuáles son estos vestidos y adornos de la vida? La belleza corporal, sin duda… Resuena en este desprecio por lo vital el tono de los predicadores religiosos:
Sólo el otro mundo, sólo la otra vida son dignos. Todo lo corporal, lo material, aparece como “bajo”, “desdeñable”.
            Lo más notable es que esta gradación de negaciones culmine en la negación máxima: la vida no es ella misma. “Tú no eres tú misma, porque vives / de millones de granos que han salido del polvo”.

            Los otros argumentos son conocidos desde la Antigüedad. Recordemos solamente a Luciano cuando se burla de los que acumulan  riquezas, pesadas cargas que tendrán luego que “descargar” al pasar al otro lado. Las debilidades. Las enfermedades, las limitaciones del propio espíritu hacen imposible una vida feliz: “Feliz no eres, porque lo que no tienes te esfuerzas en tener, y si algo tienes, pronto olvidas”.
Y el tema más profundo: el del tiempo. Por estar variando constantemente la vida no tiene ninguna edad., ni juventud ni vejez. “Es como un sueño después del mediodía, que sueña con las dos.”    

Frente a todos estos argumentos no hay contra-argumentos, sino sólo imágenes, todas terribles. Claudio, aparentemente convencido de que debe morir, ve de pronto su cuerpo transformado en arcilla y  su alma viajando en espantosos fuegos o regiones heladas donde se oyen aullidos.
“La más fastidiosa y aborrecible vida que la edad, la penuria, el dolor, la prisión puedan imponernos sería un paraíso comparado a la muerte.”
Podemos decir que este segundo poema no trata de refutar los argumentos del primero sino que los pulveriza a golpes de imágenes horrendas.
Todo aquel discurso tan compacto, tan lleno de razones, se resquebraja y por las grietas se filtra, impetuoso, un amor desesperado a la vida.
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Fuente y copy: Circe Maia,  http://circemaia.org/  

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char