lunes, 14 de enero de 2013

El rayo verde


JULIO VERNE
(Nantes, 1828-Amiens, Francia, 1905)

¿Habéis observado alguna vez el sol cuando se pone en el horizonte del mar? Sí, sin duda alguna. ¿Lo habéis seguido hasta el momento en que la parte superior del disco desaparece rozando la línea de agua del horizonte? Es muy posible. Pero, ¿Os habéis dado cuenta del fenómeno que se produce en el preciso instante en que el astro radiante lanza su último rayo, si el cielo, limpio de nubes, es entonces de una perfecta pureza? ¡No, seguramente no! Pues bien, la primera vez que tengáis la ocasión –¡Y se presenta tan raramente!– de hacer esta observación, no será, como podría presumirse, un rayo rojo lo que herirá la retina de vuestros ojos, sino que será un rayo verde, pero en un verde maravilloso, un verde que ningún pintor puede obtener en su paleta. Un verde cuya naturaleza no se encuentra ni en los variados verdes de los vegetales, ni en las tonalidades de las aguas más límpidas. Si existe el verde en el paraíso, no puede ser más que este verde, que es, sin duda, el verdadero verde de la Esperanza.
Éste era el artículo publicado en el Morning Post, el periódico que la señorita Campbell tenía en la mano cuando entró en la habitación. La lectura de aquella nota la había sencillamente entusiasmado. Por esto, con apasionada voz, leyó a sus tíos las líneas antedichas, que celebraban en forma lírica las bellezas del rayo verde.
Pero lo que la señorita Campbell no dijo, era que precisamente este rayo verde se refería a una vieja leyenda, cuyo íntimo sentido le había escapado hasta entonces, una leyenda inexplicable entre tantas otras, originarias del país de los Highlands, y que cuenta lo siguiente: Este rayo tiene la virtud de hacer que aquel que lo ha visto no pueda jamás equivocarse en las cosas del corazón; su aparición destruye las ilusiones y las mentiras; y el que ha tenido la dicha de verlo sólo una vez, ya puede ver claro en su corazón, y en el de los demás.
Podemos perdonar a una joven escocesa de las Tierras Altas la poética credulidad que acababa de avivar en su imaginación la lectura de aquel artículo del Morning Post.
Al oírla, el hermano Sam y el hermano Sib se miraron pasmados, abriendo mucho los ojos. Hasta entonces habían vivido sin haber visto el rayo verde, y se imaginaban que podía vivirse perfectamente sin verlo nunca. Pero parece que Helena no pensaba así, y pretendía subordinar el acto más importante de su vida a la observación de aquel fenómeno, único entre todos.
–¡Ah! ¿Esto es lo que se llama el rayo verde? –dijo el hermano Sam, moviendo lentamente la cabeza.
–Sí –contestó la señorita Campbell.
–¿Este que quiere ver a todo trance? –dijo el hermano Sib.
–Que veré, con vuestro permiso, tíos, y lo más pronto posible, si no os parece mal.
–¿Y luego, cuando lo hayas visto...?
–Cuando lo haya visto, podremos hablar del señor Ursiclos.
El hermano Sam y el hermano Sib se miraron de reojo, sonriendo con aire de complicidad.
–¡Vamos a ver, pues, el rayo verde! –dijo el uno. 
–¡Sin perder un minuto! –añadió el otro.
La señorita Campbell los detuvo con la mano, en el momento en que iban a abrir la ventana del vestíbulo.
–Hemos de esperar a que el sol se oculte –les dijo. 
–Esta tarde, pues –contestó el hermano Sam. 
–Cuando el sol se ponga en el más puro de los horizontes –añadió la señorita Campbell.
–Bueno, después de comer nos iremos los tres a la punta de Rosenheat –dijo el hermano Sib.
–O bien subiremos simplemente a la torre de la casa –terminó el hermano Sam.
–Tanto desde la punta de Rosenheat como desde la torre del tejado –contestó la señorita Campbell– no se ve más horizonte que el del litoral del río Clyde. Y es precisamente en la línea del horizonte que separa el mar del cielo donde debernos observar la puesta del sol. Así pues, tíos, no tenéis más remedio que ponerme ante este horizonte lo más pronto posible.
La señorita Campbell hablaba con tanta seriedad, mientras les dedicaba su más bella sonrisa, que los hermanos Melvill no pudieron resistir una requisitoria for¬mulada en aquellos términos.
–No será tan urgente como eso... –creyó prudente
decir el hermano Sam.
Y el hermano Sib acudió en su ayuda, añadiendo: 
–Ya tendremos tiempo...
Pero la señorita Campbell agitó graciosamente la cabeza.
–No siempre tendremos tiempo –contestó– y, al contrario, ¡es muy urgente!
–Será acaso que, en interés del señor Aristobulus Ursiclos... –empezó a decir el hermano Sam.
–Cuya felicidad parece que depende de la observación del rayo verde... –dijo el hermano Sib.
–Es porque ya estamos en el mes de agosto, tíos –contestó la señorita Campbell–, y las nubes no tardarán en ensombrecer nuestro cielo de Escocia. Por ello, nos conviene aprovechar los buenos atardeceres que nos quedan en este final de verano hasta que comience el otoño. ¿Cuándo nos marchamos?
Lo cierto es que si la señorita Campbell se empeñaba en ver el rayo verde aquel mismo año, no tenían tiempo que perder. Partir inmediatamente hacia cualquier punto de la parte oeste del litoral escocés, instalarse lo más confortablemente posible, acudir cada atardecer a contemplar la puesta del sol, para observar su último rayo; esto es todo lo que tenían que hacer, sin esperar tan sólo un día más.
Quizá entonces, con algo de suerte, la señorita Campbell vería cumplidos sus deseos, un poco fantasiosos, si el cielo se prestaba a la observación del fenómeno –cosa rarísima–, tal como decía con mucha razón el Morning Post.
Y tenía razón aquel periódico bien informado.
***
"Mi sueño realizado"
por JULIO CORTÁZAR
(Ixelles, Bélgica, nacionalizado argentino, 1914 – París, Francia, 1984)

“Si todavía se pudieran escribir poemas narrativos, esto sería un poema. Por mi parte, apenas si alcanzo a recordar nostálgicamente algunos de los que llenaron de sonido, de furia y de lágrimas mi remota niñez. "El vértigo", por ejemplo, de don Gaspar Núñez de Arce, que usted no conoce, entendiendo por usted a ese señor que me habla de literatura en el café de una playa de Mallorca. Era un poema en décimas, forma métrica nada fácil y que don Gaspar esgrimía con soltura digna de una buena prosa (dicho sin la menor ironía). Yo que nunca supe poemar de memoria, ni siquiera los míos que sin embargo me parecen secretamente memorables, recuerdo el comienzo:

Guarnecido de una ría
la entrada incierta y angosta,
sobre un peñón de la costa
que bate el mar noche y día,
se alza gigante y sombría
ancha torre secular
que un rey mandó edificar
a manera de atalaya
para defender la playa
contra los riesgos del mar.

En mi vida sería yo capaz de mandarme (así decimos los argentinos) un poema capaz de narrar algo de manera tan perfectamente justa, económica y a la vez bella. Porque Don Gaspar sigue así durante sesenta o setenta décimas, lo que no es fácil. Mire usted ecológicamente esta situación de la ancha torre secular:

Cuando viento borrascoso
sus almenas no conmueve,
no turba el rumor más leve
la majestad del coloso.
Queda en profundo reposo
largas horas sumergido,
y sólo se escucha el ruido
con que los aires azota
alguna blanca gaviota
que tiene en la peña el nido.

Azotar es aire con un ruido de alas... ¿no es admirable? Lo estamos escuchando todavía, y ya don Gaspar nos depara un brusco cambio que preludia el drama que tendrá por escenario la torre:

Mas cuando en recia batalla
el mar rebramando choca
contra la empinada roca
que allí le sirve de valla;
cuando en la enhiesta muralla
ruge el huracán violento,
entonces, firme en su asiento
el castillo desafía
la salvaje sinfonía
de las olas y el viento.

Después de algo así, y como dicen los entendidos en tauromaquia cuando han asistido a una faena memorable, ya nos podemos ir. Yo también, pero sin olvidar nada; la prueba es que en vísperas de mis sesenta y cinco me acuerdo todavía de esas décimas leídas en alguno de los tomos de El tesoro de la juventud, allá en mi infancia de Banfield, provincia de Buenos Aires. Y si ahora las rememoro en una costa mallorquina digna del castillo de don Gaspar, es porque todo se ha vuelto de nuevo infancia desde ayer por la tarde, a partir del instante en que me fue dado ver, desde el mirador del archiduque Luis Salvador cerca de Deyrà, el rayo verde.

Soy incapaz de saber en qué orden leí de niño una cierta novela de Julio Verne y el poema de Don Gaspar, ambas cosas coexisten en la memoria y acuden juntas a esta máquina de escribir, hoy en que me hubiera gustado hablar del rayo verde como don Gaspar de su torreón batido por el mar y la desgracia, ver nacer de mis manos tecleadoras un poema narrativo que contuviera toda la maravilla por fin realizada ayer de tarde (...).

Ayer, desde el mirador del Archiduque Luis Salvador, miré una vez más hundirse el sol en el mar. Un amigo mencionó el rayo verde, y me dolió por adelantado que los niños presentes lo esperaran con la misma ansiedad con que yo lo había deseado en mi absurdo horizonte suburbano; ahora sería peor, ahora las condiciones estaban dadas y no habría rayo verde, los padres justificarían de cualquier manera el fiasco para consolar a los pequeños; la vida —así la llaman— marcaría otro punto en su camino hacia el conformismo. Del sol quedaba un último, frágil segmento anaranjado.

Lo vimos desaparecer detrás del perfecto borde del mar, envuelto en el halo que aún duraría algunos minutos. Y entonces surgió el rayo verde, no era un rayo sino un fulgor, una chispa instantánea en un punto como de fusión alquímica, de solución heracliteana de elementos. Era una chispa intensamente verde, era un rayo verde aunque no fuera un rayo, era el rayo verde, era Julio Verne murmurándome al oído: ¿Lo viste al fin, gran tonto?
Un poeta romántico hubiera escrito esto mucho mejor, don Gaspar o Shelley. Ellos vivían en un sueño diurno, y lo realizaban en sus poemas. La flor azul de Novalis, La urna griega de John Keats, El perfil de los dioses de Holderlin. Mi rayo verde se vuelve a la nada en el mismo instante en que lo digo; pero era él, era tan verde, era por fin mi rayo verde. De alguna manera supe ayer que mucho de lo que defiendo y que otros creen quimérico está ahí en un horizonte de tiempo futuro, y que otros ojos lo verán también un día." 

(Julio Cortázar:  Papeles Inesperados).
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char