lunes, 21 de enero de 2013

Cosas que se vuelven nombres


MIRTA ROSENBERG
(Rosario, Prov. de Santa Fe, Argentina, 1951)

“Me alegra que les guste, pero no me aplaudan que me cortan el mambo”,
dijo Mirta Rosenberg al público
reunido en el Teatro Príncipe de
Asturias. Fue en el cierre del último Festival Internacional de Poesía de Rosario, cuando adelantó algunos de los textos de El paisaje interior, su último libro. Empezó con “¿Será la
autobiografía...?”, un poema de inusual carga emotiva, y siguió con “Veinte años de mi vida”, como introducción a una lectura que perdurará como una de las más intensas en la historia del encuentro.
Mirta Rosenberg nació en Rosario en 1951. Se crió en Arroyito y cuando era adolescente y su padre le dijo que le iba a dar un estipendio semanal, abrió una cuenta en la librería Signos. Desde mediados de los años 90 vive en Buenos Aires. El paisaje interior aparece después de El árbol de palabras, libro donde reunió su producción anterior. Rosenberg integra el consejo de dirección de Diario de Poesía y entre otras distinciones recibió la Beca Guggenheim en poesía (2003) y el premio Konex en traducción literaria (2004).
El paisaje interior está compuesto por cuatro partes: la primera, “Cosas que se vuelven nombres”, reúne poemas que se plantean a la vez como envíos a otros escritores, desde Iris Murdoch a James Fenton; la que da título al libro, textos breves que pueden leerse como un solo poema; en la tercera, “Bestiario íntimo”,
Rosenberg presenta poemas de una serie que viene escribiendo desde hace tiempo y en “Conversos” incluye “traducciones de poesía que hice durante los últimos años, y que, según considero, ejercieron influencia sobre mi propia escritura”. El título, explica en esta entrevista, proviene de un término acuñado por Gerard Manley Hopkins (1844-1889). “Suele traducirse erróneamente por esencia, una palabra de lo más desagradable, que se parece al extracto de vainilla; entonces yo opté por traducirla literalmente, y eso es el paisaje interior”, según dijo en su lectura en el Parque de España.
 ***
Entrevista 
Por Osvaldo Aguirre

¿Cómo te parece que se ubica El paisaje interior en relación a tus libros anteriores? ¿Retoma alguna preocupación o línea en particular, la corrige, introduce otras nuevas?
El paisaje interior está absolutamente vinculado con mi escritura anterior. Pero hay en el libro, diría, un redondeo, mayor precisión formal, cierta preocupación o mayor gusto por el uso de formas establecidas, como la sextina por ejemplo (incluso en la parte de traducciones), pero siempre introduciendo algún elemento de distorsión que las vuelve imperfectas, deliberadamente. Hablo de la primera parte del libro, “Cosas que se vuelven nombres”, donde la rima también desempeña un papel muy evidente en la construcción del sentido, un papel que en la segunda parte, “El paisaje interior”, se vuelve más etéreo y menos perceptible. Allí la rima queda, me parece, subsumida en el fluir de los versos, sin enfatizar ni “marcar el paso” del sentido.
 –¿Cómo fue el proceso de armado del libro? ¿Quedaron poemas afuera? ¿Por qué?
Se fue dando naturalmente. La primera parte se fue construyendo gradualmente, sobre la base de la capacidad de mímesis de las palabras, su capacidad de “ser la cosa” que nombra en el acto mismo de darle un nombre. Es decir, aquello por lo que Platón expulsó a los poetas de su República, acusándolos de mentirosos e inexactos. Pero me tomé la libertad de pretender para la lengua la capacidad extraordinaria de ser eso que nombra y de usar todos mis recursos (incluso la aparente extrema transparencia, y el alto voltaje emocional) para reforzar la idea. La segunda parte, en cambio, fue escrita de corrido en un período de un par de meses, de manera más espontánea e “inspirada”. Y el “Bestiario” es algo que vengo escribiendo desde hace más de dos décadas. De tanto en tanto escribo un poema sobre un animal, que sirve como recordatorio de algún hecho importante de mi vida, una suerte de calendario privado que pienso seguir incluyendo en lo que publique, en la medida que aparezcan nuevos poemas. Y en las tres partes quedaron poemas afuera, bastantes en realidad, porque me parecían malos, meras repeticiones o añadidos que sólo servían para enredar y oscurecer el hilo casi imperceptible que conforma El paisaje interior como libro, y que sirve para encastrar las diferentes partes.
 –En 2006 reuniste tu obra en El árbol de palabras. ¿Qué significó la publicación de ese libro en términos de tu escritura? ¿Significó un cierre en algún sentido? ¿Y qué pasó después, con la escritura?
En cierto sentido fue un cierre, un balance, una revalorización. Es curioso, porque en El árbol de palabras incluí algunos inéditos históricos y otros que parecían apuntar a un futuro libro, que finalmente no existió. Un par de esos inéditos sirven de principio a las “Cosas que se vuelven nombres”, la primera parte, que más tarde adquirió nueva dirección, ese deseo de “ser la cosa” nombrada, del que ya hablé. Y después los hechos de mi vida me instaron a escribir, casi me dictaron, diría, la sarta de poemas de la segunda parte que, como dije, era mucho más larga y pedía a gritos una buena poda.
 En la introducción a la cuarta  parte del libro decís que el título “es mi versión del término inscape” acuñado por Hopkins. ¿En qué texto de Hopkins encontraste ese término? ¿Los poemas del libro aparecieron también en ese momento o los tenías de antes?
El término “inscape” es acuñado por Manley Hopkins en sus diarios, y con él alude a las características que hacen que cada cosa sea única y diferente a todas las demás. Se lo ha traducido, a mi entender imperfectamente, como “esencia”, y se lo podría comparar, por ejemplo, con las “epifanías” de James Joyce. Yo lo llamo “el paisaje interior”, esos rasgos de la realidad que sólo se perciben, por así decirlo, volviendo los ojos hacia adentro, más allá de la percepción de lo evidente, lo que diríamos una mirada de profundidad. Leí los diarios de Hopkins hace muchos años, en inglés (por lo que sé, no hay versión castellana) pero sólo cuando estaba escribiendo los poemas que forman esa parte del libro recurrí al término para designarlos, y acabó por designar todo el libro.
 –En abstracto, uno puede referir la expresión “el paisaje interior” a un estado de relativa tranquilidad. Pero aquí “sangra por la herida”. ¿Qué sentido le das al título del libro, que a la vez une como un solo poema a los textos de la segunda parte?
El paisaje interior, que el yo divisa al volver los ojos hacia adentro y quedar “suturado”, “sangra por la herida” porque esa herida es para mí la escritura misma, la exposición de mi vida más allá de lo que se ve, de mi vida, diría, en la tensión de la realidad de la lengua, que pretende algo así como “la pura verdad”, aunque de hecho no lo logre.
 –En una entrevista de hace unos años hablabas de la poesía como una esponja que absorbe distintas influencias. En este caso aparecen Gertrude Stein, Iris Murdoch, Olvido García Valdés, James Fenton. Se ve que las influencias no te producen angustia. ¿Serían más bien textos con los cuales tramás un diálogo, que te permiten comenzar a escribir o situar determinadas cuestiones?
Al igual que las traducciones, las lecturas adquieren para mí valor inspirador, me facilitan la construcción del poema, me dan pie para ampliar el recinto de la lengua, más allá de la intertextualidad. Esas, mis lecturas “aplicadas”, acaban por ser para mí una suerte de “paisaje interior” de la lengua, que identifica rasgos únicos, diferentes, a los que quiero hacer lugar en mis propios versos, eliminando en lo posible (gracias al trabajo de desarticulación que implica tanto la lectura como la traducción, que me brindan parámetros y modelos más “objetivos”) todo sobrante o desecho que siempre es producto de mi propia falibilidad poética, del exceso de insistencia y del deseo de figuración del yo.
 –¿Qué es eso “que se pierde” en “La rama de cerezo ornamental”? En otro poema se habla del terror a perder el amor y la escritura. Y en “Veinte años de mi vida” evocás “los años de arder y de perder algo cada día”. ¿Esas pérdidas son las de la vida cotidiana? ¿La poesía, en tanto “raíz de los afectos, casa compartida”, es lo que subsiste?
Vivir, he descubierto a los 60 años, es más bien una cuestión de resta y no de suma, algo que relaciono con la des-ilusión, usando el término de manera positiva. Las pérdidas son del orden de lo cotidiano, la energía vital, la inocencia. Y sí, mi apuesta es que subsista la poesía, en este caso encarnada en la rama de cerezo ornamental, también un testimonio de belleza impar y de energía. Jaime es el nombre de un amigo muy querido, y en hebreo quiere decir “vida”.
 –En “¿Será la autobiografía...?” se lee que “el egoísmo como equivocación... es el motor, de mí y de la poesía”. ¿El poema es un “ensayo de arrepentimiento”? ¿De qué?
De todo lo que hice mal, de esa “equivocación”, ese deseo de imponer el propio yo, de cerrar en vez de abrir, con generosidad, el sitio de la vida y la escritura.
 –Pasaste tu infancia y buena parte de tu vida en Rosario. ¿Cómo es tu relación actual con la ciudad?
Sigue siendo para mí el lugar del mundo más cómodo y familiar. Pero creo que prefiero escribir desde lugares más incómodos, que me exijan mayor esfuerzo y me induzcan a una autocrítica más severa.
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Fuente: LA CAPITAL | Rosario, Santa Fe. Argentina. Domingo 13 de enero de 2013
Foto: WILLY DONZELLI
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char