viernes, 1 de febrero de 2013

Pero, ¡oh, aquel jabón!

C. K. WILLIAMS
(Newark, Nueva Jersey, EE.UU., 1936)


Yo Soy el Amargo Nombre

Y Abraham le dijo, “¿Y sois, por supuesto,
él a quien llaman Muerte?”
Él respondió, y dijo, “Yo soy el Amargo Nombre”.

Los pequeños niños han estado peleando
un tiempo largo largo por su país amado
sus rostros se están endureciendo como la carne
dejados afuera sus cuerpos aplastados completamente
como flores en libros de leyes no caben
con las llaves de la pena eterna ya no más
¿será el mejor juguete siempre la muerte? Todo el mundo
llorando en el pelo adormecido inagotable                          
agonía en las tazas oscuras del cráneo
insaciable agonía tus manos chillan
en mi columna vertebral como frenos trancados en
las fosas nasales quebradas tentáculos en la boca
viñas los pequeños soldados juegan
hiriendo los pequeños generales juegan dolor
para siempre afilan cositas ellos ponen
cositas en cositas y las halan fuerte
¿me harías la libertad a mí? en
el pómulo fuego en los labios mi
justicia es olvidar estar aquí mi libertad
es querer odiarlos cómo los envían
a casa en bolsas de helado y son capaces de
***
Hielo

Esa cosa tan sorprendente que ocurre cuando clavas un punzón en un
                           bloque de hielo:
el modo en que su segmentada perfección se agrieta en relucientes fa-
                           llas, fracturas, facetas;
deltas argentíferos, deslumbrantes, que en un instante fugaz, imposible
                           de captar, complican el cosmos de sus entrañas.
Irradian entonces con espinas y púas lengüetas agresivas de luz rutilante,          
                           un tesoro de luz acumulada,
cuando lo clavas otra vez se parte en segmentos casi iguales, ambas
                            caras granulosas, consumidas, insípidas.

Una fábrica de hielo era un lugar bajo y oscuro, de madera sin pintar,
siempre húmedo y siniestro con el hielo derritiéndose.
Había aserrín y un casi dulce, incitante olor a aserrín, el cual, debido
                             al frío, parecía perforar el cerebro.
Avanzabas por el porche de techo bajo, alguien se te aparecía
con unas grandes tenazas y con los movimientos precisos, sosegados
                            del domador, sacaba un bloque de hielo de la hilera.

Coge de nuevo el punzón, dale con fuerza, cuando el bloque se parta
                            dale de nuevo, una vez más;
mira cómo se deshace en fragmentos más pequeños, fisuras cristalinas.
Si no rompe con la punción, intenta una metáfora, como el mar helado
                            interior de Kafka:
toma en tus brazos ese pastel de hielo, inventa un símil para su pesada
                            inactividad,
cuenta cómo te asusta al mojarte fríamente el pecho con tanta rapidez
                            que terminas tirándolo.

Imagina cómo incluso si se despedazara y comenzara a licuarse
aún cabría la esperanza de que si reúnes con rapidez esas resbaladizas,
                           perversamente caprichosas astillas,
logres que se congele de nuevo, restituirías su masa, perdida algo
                           de su preciosa brillantez,
justo ese tenue brillo del agua estancada en el piso áspero y  granuloso,
justo el breve sorbo, dulce, cálido como la sangre, que se evapora en
                            la lengua.
***
SUCIEDAD

Mi abuela me lava por dentro la boca
con jabón; ha pasado más de medio siglo
y todavía viene a mí
con aquella cruel, dura barra amarilla.
Todo por una palabra que dije,
que ni siquiera dije, sólo repetí,
pero Abre, dice, ¡abre la boca!
sujetándome la cabeza con la mano.

Ahora sé que su vida fue dura;
perdió tres hijos cuando eran bebés,
luego se murió su marido, también,
dejándola con hijos pequeños, sin dinero.
Me sostenía ante el fregadero para mear
porque nunca había sitio en el baño.
Pero, ¡oh, aquel jabón! ¿Fue quizá su acre sabor,
lo que hizo de mí un poeta?

La calle en que vivía no estaba pavimentada,
un apartamento de dos habitaciones estrechas y
la fétida cocina en la que me cazó al acecho.
¿Me atrevo a admitir que después de aquello
nunca volví a quererla realmente?
Vivió hasta los cien, y ni así.
Fue una época triste, de penurias,
pero nunca, hasta ahora, la quise de nuevo.
***
CRISTAL

Pensaba que ahora ya habría pasado,
como todo pasa antes o después, pero aún me ocurre

que cuando de repente me topo con mi imagen en un cristal, siento una especie de sacudida, un temblor. Miro rápidamente a otro sitio.

Últimamente, desde que murió mi padre y me acerco a su edad,
lo veo primero a él, y tengo que fijar bien la vista para reconocerme.

He llegado a pensar que mi preciosa singularidad se estaba diluyendo,
pero aún más duro, más cruel que eso, es la manera en que, cuando era joven,

creía cuando mirabas debías poner en ello sentido,
algo más serio, con mayor sustancia: me fijaba en mi pobre rostro

y pensaba, "Todavía no está ahí". Parece que aún lo hago.
¿Qué es lo que no está? ¿La belleza? No es probable. ¿Sabiduría? Menos.

¿Acaso vivimos o intentamos vivir con la intención de embellecernos?
Todo lo que veo por mi parte son los restos de mis otros rostros fracasados.

Pero puede que lo que busquemos sea justamente una mirada menos hiriente:
No un "Todavía no está ahí", sino algo así como "Ya llegará, tranquilo".
***
PELIGRO

Difícil saber si el ser humano se muestra especialmente inquieto
con las crisis, calamidades, desastres, o si los desea inconscientemente.
Esos condicionantes tan horrendos, esos previsibles imprevistos,
los habitamos reculando, haciéndoles fintas,
endureciéndonos:
¿pero acaso no prevalece la corazonada sobre la inquietud?
¿acaso no resulta ese estar en guardia una señal del deseo?

¿Cómo podemos llegar a creer que la atención desmesurada
es el mejor modo de enfrentarse a las insinuaciones de la catástrofe?
Se estremece la conciencia: puede que el motivo no
sea tanto el miedo a lo que el futuro pueda o no pueda traernos
como el deseo de eso mismo mediante el miedo, la atención, el cuidado.
Como si la vida resultara más convincente silbando como una navaja.

Pero apenas nos precipitamos en los hechos más allá del tumulto doméstico,
que de por sí puede acarrear terribles consecuencias. Pocas
veces, por fortuna.
Y así sudamos fervorosamente
por los insípidos asuntos del honor y por las ambiciones
frustradas.
Perdemos la amistad. Perdemos la lujuria. Nos tragamos
nuestras pequeñas penas,
nos hacemos ver, ejecutamos nuestra danza de antipatías.

Siempre, "Esos gigantes inconcebibles".
Siempre, "¿Qué serían capaces de hacerme?"
Y así nos colocamos nuestra armadura mental,
nos doblamos y sentimos algo, el pago de la estricta atención
que siempre aguardamos.
Pero todavía una vigilancia tensa, la musculatura del peligro,
aún el secreto grito interior: ¿Qué más, no hay más?
***
Arreglos invisibles

Tres mujeres arcanas como ángeles,
dobladas como viejos manzanos,
que, en una de las ventanas de la fachada,
ayudándose de lupas,
agujas finales como el cabello y relucientes
tijeras, separan el entramado de la urdimbre
y recortan lo que en caso humano
sería tejido enfermo.

Raspaduras, rasgones y deshilachados,
cortes, quemaduras y manchas
de ácidos, hilos sueltos
de la línea de puntada
por la tensión que provocan menudas,
insignificantes aberturas que
en una psique enferma
formarían un laberinto mortífero.

A esas manos duras como astas,
a esos ojos pulidos como el acero,
los hilos con los que trabajan
deben de parecerles tan duros
como las cuerdas de un barco, el cableado
de una grúa, pero de todos modos aún
agachan la cabeza y muestran la dentadura
para mordisquear un nudo sobrante.

Sólo de vez en cuando alzan
la vista para mostrarte
cuánto más hermosas que esos dobladillos
de seda y sarga son las prendas
de la mente, aunque cuánto
más benignos los utensilios que usan
que los procedimientos de la mente
para el perdón y la reparación.

Y en tu soledad te das cuenta
de la forma tan gentil que tienen de concluir
la tela, la solicitud
con que sujetan los bordes desgastados
para unirlos, con qué severa
pero amable indiferencia empuñan
sus tijeras sanadoras:
el perdón, la reparación.
**
Traducciones de Jaime Priede
De Reparación. C.K Williams, Bartleby Editores.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char