lunes, 2 de julio de 2012

Pecaría

MINNIE BRUCE PRATT
(Alabama, EE.UU., 1946)

Codos

Cúbrete los brazos.
No dejes que tus codos
se vean.

Eso es lo que mis vecinos
allá en Alabama dicen
a sus hijas
para que ningún codo
relleno o delgado
moreno o rosado
incite a otros
a la pasión.

Pero si pensara
que mis flacos, bicolores
codos fueran a atraerte

si pensara
que mis enjutos, huesudos
codos pudieran retenerte

agitaría los brazos
como un pollo
como un pavo real
como una gallina de guinea

cuando volviera a verte
tesoro
me subiría
las mangas y
pecaría
pecaría
pecaría.

Versión de Joaquín Ibarburu y Walter Ch. Viegas
***
Poema para mis hijos

Cuando ustedes nacieron, todos los poetas que conocía
eran hombres, padres elocuentes respecto del sueño
y del futuro de sus bebés: Coleridge a la medianoche,
la oración de Yeats para que su hija careciera de opiniones,
su hijo fuera grande y poderoso, pensara y actuara.
Ustedes leyeron la elocuencia en voz alta del nuevo padre,
feroces chispas escritas en una casa en silencio
que respira con el sueño exhausto de la madre.

Cuando vos naciste, mi primero, lo que pensé fue
en leche: mis pechos adoloridos, hinchados, pero no lo suficiente
para cuando despertabas. Con vos, mi pequeño, no
pensé: sin levantar mi cabeza por tres días, insensibilizada
desde la cintura para abajo por la anestesia, toda la zona
pélvica adormecida y sin poder caminar tampoco.
                                                              Su padre era entonces
el poeta que yo había dejado de ser cuando me casé.
Me llevó años escribirles esto a ustedes.

Yo tenía que construir un futuro, obstinada, voluble,
lasciva, una pensadora, gran caminadora,
transgresora imparable, furiosa, gritando,
voluptuosa, una amante, con olor a sangre,
a leche, una mujer malvada como puede serlo algunas noches,
una existencia a la que podría rezarle, capaz de
poesía.
             Ahora estamos acá. Ustedes son hombres
y yo no soy la mujer que los meció
en el dulce tufo de la penicilina, de la leche amarga,
la chica que no podía imaginarse ni a sí misma
ni otro futuro que un cuarto de paredes cálidas,
que no tenía más palabras que las esperadas
y así, esas noches, no podía pedir nada por ustedes.

Pero ahora yo hablé, yo misma, y puedo pedir
para ustedes: Que conozcan el mal cuando lo huelan;
que conozcan el bien y lo hagan, y verán cómo ambos
corren sueltos por medio de sus vidas; que luego recuerden
que ustedes vienen de la tierra y la historia; que elijan
la memoria, no la anestesia; que tengan un trabajo
que amen, sin molestar a nadie, un camino que atraviese
los límites marcados donde cuestionar el poder;
que sus amores coincidan pensamiento a pensamiento
en el largo ardor de la sangre y del hecho del hueso.

Palabras no tan románticas ni tan grandilocuentemente lanzadas
como si hubiera llamado al universo para que estuviera
a su disposición.
                            Sólo puedo rezar:

Que nunca pidan que el clima, la tierra,
los ángeles, las mujeres u otras vidas los obedezcan.

Que me recuerden a mí, que los crucé y volví
a cruzar,
               como a una mujer que va despacio hacia
un lugar desconocido donde ustedes podrían estar conmigo,
como a una mujer a pie, en una larga travesía.

Versión de Tom Maver
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char