miércoles, 21 de marzo de 2012

Atado al mástil, bajo la bóveda de la noche

Otros poemas de HORACIO ZABALJÁUREGUI
(Argentina, Buenos Aires, 1955)


Escúchalas cantar desde el fondo de las aguas
permanecen
en el lastre del sueño
emergen en la penumbra de la vigilia
con flores muertas enredadas en el pelo,
escúchalas, te hablan,
te reclaman, en celo,
extranjeras en su deseo,
te leen el rostro, al tacto,
te echan suertes,
las heroínas en su cuadratura lunar,
te arrullan,
se derraman como sólo las mujeres,
las de tu vida,
las que guardan el mapa de la madriguera,
el itinerario de tu memoria,
escúchalas cantar,
ciegas como una piedra
sólo el hilo de voz,
como conviene a la pura apariencia,
a la aparición del deseo, de las mujeres,
de su itinerario en la penumbra de la vigilia,
donde otro hace el vado, el puente
en el delta del relámpago
y allí se confunden las posesiones,
basta cualquier señal:
un número en un papel que marca la página de un libro
donde se lee
"la aparición del mar en la mano que lleva la caricia
como una lámpara"
allí donde te sorprende el olvido,
y te acostumbras al eco,
al reflejo de la voz que vuelve imperceptible
en el reclamo, en la repetición, en la estampida,
escúchalas,
atado al mástil, bajo la bóveda de la noche,
a tientas, escúchalas
en el cortejo de las estaciones,
mezcladas con la sombra,
cualquier señal te haría desertar
siempre otro con esa aridez,
una marca que en la landa del sueño
prepara el tráfico, su ritual
y las verás, por fin, hacerse carne,
en la matriz de su deseo,
ménades de tu memoria,
partes por el todo,
el grial, la constelación y la tormenta
el musgo de la imagen,
la voz en la piedra.
***
Fragmentos del amor moroso

A oscuras definitivamente, a oscuras, el mundo queda lejos, el invierno queda lejos, ésta es tierra de nadie, ésta es la fosa común de los amores que agonizan.
Extirpar, borrar, todos los correos, las fotos, los indicios, para que no quede nada, nada. Atravesar el campo minado de los recuerdos, la muerte por goteo, el ala imperceptible de un perfume, una calle donde nos detuvimos furtivos y febriles, una enredadera de relámpagos en la cima de una siesta, sombras del pasado donde se envenena la memoria entre furores e injurias, donde trafica el sueño. A oscuras definitivamente, donde la hierba no para de crecer. Sentado a la puerta veo pasar el cadáver umbrío de aquella primavera, y ese resplandor se extraña para siempre.
Una lámpara de sombras reclama el furor de lo vivido, y no vuelve; para que no quede nada, ni el hálito del amor, ni su leyenda ilusoria, a oscuras, definitivamente, a oscuras.
***

Un rostro en la multitud una aguja en el pajar una hoja en el bosque
una huella en el fondo de los recuerdos una senda perdida vacante
el auspicio del amo las manos de la lluvia la magia
tabaco y alcohol las arrugas en el espejo un pasar un rito
el poeta serial separado de vos
saltar en una pierna para no pensar en vos
la vista cansada una capa de polvo
un superhéroe un superyo encadenado
ventanas como islas escribir hasta adormecer la carne
y ciego como una sirena cambiar de piel
el orgullo herido
parto de las sombras el lado oscuro las raíces de ahí
donde parte el que puede y se deshace
y vuelve a lo mismo
tabla rasa
demolición
***
Encadenados

Socava el río subterráneo,
el rumor de lo perdido;
quedamos pagando
en el círculo viciado.
Querella,
no suelta:
la ilusión en abismo,
el ciego deseo
no suelta.
Controversia de amores:
te doy letra, te doy soga
a expensas de la penitencia.
Quedamos pagando;
la pena
siembra cizaña:
querella, no suelta
el dolor,
nudo sin desenlace,
peripecia atada a la noria,
al círculo viciado,
viciada la memoria
el maleficio impide
la generación.
Ciego el deseo,
en la controversia,
en la querella,
en la tensión;
querer a ella
con empeño y a expensas
de la penitencia.
Rumor de río subterráneo
socava
la ilusión en abismo
el yugo común,
el nudo sin desenlace:
el dolor no suelta.


(De Querella, bajo la luna ed., 2007)
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char