miércoles, 17 de octubre de 2012

La palabra Manjar

Dos más de MIGUEL GAYA
(Ayacucho, Prov. de Buenos Aires, Argentina, 1953-)

Poema para ser leído en voz alta por el Barbado Alberto Muñoz

Olvida la piel nacarada de las ninfas del bosque.
Olvida el cuero moteado de los chanchos salvajes.
Que se pierdan todos ellos en la espesura.
Tu piel es la de los perramus percudidos que se cuelgan en las esquinas de adoquines mojados
Para espantar los autos de la muerte que te rondan como escarabajos gigantes.

Olvida los bosques, las montañas, los lagos.
Olvida los campos sembrados y los mares azules.
Del mar océano comprendes sólo la furia de Ahab
Y si acaso, a los piratas.

Lo tuyo son las ciudades.
Las ciudades de los hombres
Donde eliges siempre casas viejas
En las que tus risotadas puedan venir rebotando
Por las habitaciones.
Allí habitas. Allí vuelves
Después de pasearte por las calles como príncipe del exilio
Con magníficas capas de sombra y sortilegio.

Olvida el aire puro de las montañas, el leve rocío de las prímulas.
Tu aliento no es de ajonjolí.
Llevas contigo un aliento como de animal de pelo en las orejas
Y las mujeres que te rozan sienten el asalto de una íntima conciencia de ser presas con sangre y vísceras.
Olvida las familias.

Olvida las familias y las buenas conciencias.
Déjate cercar por los niños que te reconocen como uno de ellos
Y olvida que serán adultos.
Cuéntales historias que los dejen
Con los ojos abiertos para siempre.
Abre los ojos de los demás
Que ese es tu sino.

Porque tuyo es un reino
Que todos desconocen e intuyen
Sólo por las riquezas que expandes
Cuando caminas.

Cuando caminas
Nada te es ajeno
Nada te arredra y del vasto mundo
De todos los sonidos del vasto mundo
Eliges
La palabra
Manjar.
***
El imperio

Yo he contemplado desde una colina
la polvorienta caída del Imperio Británico,
la última carga de sus jinetes enhiestos
y sus taciturnos servidores.

Me ha sido dado ver, a edad temprana,
sus pompas y sus glorias marchando hacia el ocaso
con un rumor de mostachos y vajilla Reina Ana
y jardines anegados con lluvia tropical.
.
Adiós juventud, adiós Picadilly Circus
y Albert Hall, arrivederci. Los bárbaros gimen
“¡Mi coronel, mi coronel Kurtz, el bien amado!”

y luego, en esa noche, nos hemos golpeado las bocas
y gritado yeah yeah yeah
bailando rock & roll bajo la luna.
**
Los poemas pertenecen a El alma y otros lugares, Ediciones en danza, 2012)

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char