lunes, 28 de mayo de 2012


Tomada de poetasaltuntun
ROSARIO SOLÁ GONZÁLEZ   
(Mendoza, Argentina, 1954. Reside en la provincia de Salta)

De EL HUMO DE LOS MÚSICOS
(A los que todavía buscan)


VISITAS EN LA NOCHE

Vengan a casa.
Los invito a escuchar
unos versos robados
alrededor
del lago gris
del gato inexpugnable.

Visitas en la noche.
Viuda de todos soy y como tal
saco los vasos de porcelana roja y negra del resto del corazón espeso
y comienzo a servir.
No te enojes si un poema nocturno sabe a veneno o rosas. Él siempre estará allí
como un perfume raro para coleccionistas. La hamaca y el camastro de la muerte
viven adentro de los que los olvidan.
En esta casa un verso no se le niega a nadie,
ni al condecito del alfil de la playa hundido hasta los dientes en el vino del mar.
Ni al astronauta de la escafandra rota
atado de terror al borde de las luces
en la liquidadora del espacio. En nuestra casa un verso
no se le niega a nadie. Las calles de esta ciudad del fin del medio de la tierra
también se azulan y se alilan, frías
antes que asome el día. Y como en muchas partes
la perra ciega cruza el puente.
En la mañana
recordaré que la poesía nunca vendrá o que se ha ido para siempre,
y que nos deja solos al borde del misterio,
con la estampilla del invierno entre las piernas
o dormidos como montañas de arena.
***
FIESTA ESCARLATA 

Llevo la mano a la frente,
viento del abanico,
abro la cabeza hasta el fondo del vaso
y giro la puerta de la puerta de abrir.
Es la gran sala del alba en donde otros festejan
Te vuelvo a ver con tu máscara de humo
cerrada por el hilo de las enredaderas.
Se oye decir
¿La señora poeta no se deja matar?
Después la jarra, azul de amanecer
peces para beber de amor
y el pequeño zapato de la cenicienta del destino
flotando,
y dentro de él mi pie dormido.
***                                                    
SONATA DOMÉSTICA 

Todo está oscuro
menos la mesa con la comida servida que aún humea.
Hablo de oscuridad sencilla como una mano caída sobre un mueble después del mediodía. La niebla dentro de la casa suele ser mortal.
Se aloja como una pálida luz debajo de las cosas y luego nos recuerda que el aire y el color de la copa de vino se cerrarán con el libro. Pienso entonces en aquel que alguien lee, acodado en la ventanilla de un tren, sin saber nada. La manga de su saco huele a tabaco y el sol lo empalidece. La mugre de los vidrios es como arenilla de oro, encaje abstracto tras el cual la realidad se empeña en colocar una escena:
hiedra, muro gris
con alabastros de humedad,
reja, herrumbre, ciprés. El tren parte entonces y hace rodar la escena que se debate por no entrar en el olvido y se aferra como una ortiga de plata detrás de la retina. El hombre se decide por fin a mirar el paisaje y cierra el libro
***
LA CANCIÓN DEL LECTOR 

                          “No __dijo__ . No la estopa del mar y de la lluvia y su crujido de vidrio que se lo lleva el viento.”
                           Dame una casa de piedras tan escritas que se abran
las pupilas desoladas como se abren las puertas
de una ciudad vacía.
                           Dame el tesoro de la lengua dormida,
la palabra que deshiela los ovarios de las estatuas y gotea madreselva más o menos sobre los muros húmedos de mi país
o sobre
mi casa que limpio
con violines de paja en el amanecer
y que espera sin cerrar los ojos.
Yo, pobre lector,
con mi silla de caño memorable,
con la paciencia del minero,
con el palo de vidrio de las grandes ciudades, con el aburrimiento de los coleccionistas, reviso tus poemas basurales enormes, sólo porque afuera hace todos los fríos de todos los inviernos.
                    Mis sueños tienen las luces apagadas como un pueblo de horcones y tapiales de barro a las cuatro, sin luna, antes del gallo y después de los perros.
***                                                      
RETRATO I 

al poeta galés que decía... 
Solo,
ebrio y gris,
ridículo entre las ramas del jardín,
manchado por la tinta del suplemento cultural,
apretando en la mano alta, desunida por la fotografía
la carcoma de la pérgola,
y en la otra, baja,
el puño del bastón,
la córnea izquierda vencida por la duda,
afirma:
Sólo vale la pena
escribir sobre el sexo y la muerte.
***
VERANO EN MENDOZA

Un serpentario de tormentas negras
arde en el fondo de la caja de costura.
Entonces los olivos de los óleos se abren con el aceite de plata y la pluma descampada.
La vieja música que viene de los libros empieza.
Es el verano,
entra en la casa a golpes de tormenta.
Alguien prepara la sartén y unta el plato manchado mientras el granizo se derrumba.
Luego se queda inmóvil.
Inmóviles todos en la casa.
Entonces el piso se mece lentamente.
Ciénaga de terciopelo.
Movida por la mano de niña de la muerte que sabe. Ni juegos, ni revanchas,
ni se asombra y se lleva
al hombre en pijama que mordía la tabla de lavar rodeado de humos y tabacos sagrados cerca de la ventana.
***
De “MUSICA DE INVIERNO”  (1982)


FEMENINARIO
La Plata, junio de 1978
                                                                             a mis hermanas

Los hombres se han ido ya.
Sólo los gatos que bailan
una lúgubre danza
aman sobre el delirio con sus ojos
de muertos prematuros.
Y nosotras,
aliadas,
que fumamos de espaldas a los cuartos vacíos,
unidas por el viejo testamento de la luna,
nosotras,
hembras delicadas como magnolias,
nuevas hasta no amanecer,
nuevas y atroces hembras,
que ornábamos a las plazas
con aquellos perfiles entre el aire,
apenas ya si oímos a los enamorados que nos nombran,
sus lentas voces,
sus lentas y hondas voces
cavadas en el roble sonoro de la muerte.
          (dulce abrigo,
          sandalia de azúcar,
          jaula de azúcar,
          labradora de estrellas,
          espejo del espejo,
          agua)

Hermanas nosotras.
Amigas queridas de elegidas sonrisas.
Enterrar a los muertos
y a los corderos blancos de ojos inocentes como los de los hijos,
matarles el corazón para comer,
nosotras, jazmines de la orilla,
             en las islas.

Ladran lejos los perros, rasgando
el aire con sus dientes fríos.
Ellos me llaman y besan mis heridas
con sus largas lenguas húmedas.
Suena
el río del tiempo
(agua sumisa, agua negra)
entre las sombras y las bellísimas paredes donde se apoyan las mujeres
del night que sonríen después de haber llorado.
Mis amigas me llaman para ver las cenizas.
Hay una larga ventana
allí nos hemos sentado para que nuestros vestidos brillen a la luna.
Mi cabellera enciende el polvo rojo de los retratos
mientras tragamos las terribles perlas que nos harán inmortales.
¡Eh melancolía!
déjala a ella
veinte años tiene
y veinte años son
sin ver el mar que alza sus guiños a la muerte.
El cielo insomne
espera
y las estrellas perfuman
como el metal con que los hombres hieren.
Porque la noche está hecha
con todo aquello
que nuestras manos redondas no conocen.

Nada amaremos más que estas horas vacías
con las que nadie ha soñado
y que siempre supimos
que no debieron ser.
Es que la noche se cierra con el hierro del tiempo
como una aldaba
sobre un hijo de artistas con los ojos pintados.
***
SUEÑA, SUEÑA, SUEÑA

El río del tiempo con su negro ganado
y su cascabel de dentaduras.
          ¡Oro para los conquistadores!
          ¡Oro para los altares!
          ¡Oro! Para mis medias de oro
          que voy a saltar la muerte y a comprar un candelabro en la mañana.
El dulce estío, no volverá esta madrugada,
recuerda, empieza el mes de abril,
y hace frío,
mis hermanas disponen las frazadas.
          Cambiaría esta noche
          por una noche verde,
          mi ventana
          por un balcón de transparente hielo
          prendido de la roca
          en la montaña.
          Cambiaría esta noche por una madrugada
          cambiaría mi sombra
          por un caballo que venga de la vida
          contra un caballo que venga de la muerte
          bebiendo de mi mano.

Caen las rosas que el verano no ha usado,
caen de noche, lejos de los pájaros,
como caen
dos a la luna y otras a la sombra
nuestras sonrisas recién estranguladas,
Hilos
de mujeres que fuman de espaldas,
hebras que tejen
el recién descubierto medrar
de la filosofía.
Ya los hombres se han ido
y nadie cuidará
mi corazón despedazado en esta noche de mal cielo.
Ya los pechos discretos de las puertas
no guardan,
ya llegan las noticias,
ya vienen de matar,
ya entran con sus pesados pies rojos
con el polvo de tierras incendiadas
a interrogarme con los ojos neutrales.
Ya llegan. Ya vuelven y debiera estar sola.

Ellas contemplan las barcas de los tiempos
y señalan
algún brillo del aire en el azar del humo.
Veo a mi padre
volver herido en la batalla de los sueños
y a mis hermanos haciendo hermosos hijos
y me pregunto
si el día estuvo siempre a mis pies
quién abre esas pesadas puertas.
Toda la noche ladrarán los perros
toda la noche lastimarán mis huesos
toda la noche preguntarán por ellos.
El corazón en la garganta guardan
El barquero del tiempo
me sonríe con su muela lunar
Ya lo sé –le respondo- es sólo el tiempo.
***

Estábamos en guerra o estaremos
Y las manzanas se helarán sin que nadie las junte
Y caerán los picos
De los pájaros muertos
Y en las canastas sonarán como cencerros.
Moriremos antes de ser madres
Dobladas a los pies de nuestros amantes. Hace mucho están ya las casas vacías.
Tampoco era la guerra.
Tampoco era el destino.
Y en los cajones crece la flor de los misterios.
Toda la noche ladrarán los perros.
Ellos tienen el corazón en la garganta
Y sospechan.
¿Oyes esa extrañísima lengua?
Es el final.
Han llamado María a esta mujer.
Es extraño.
Ella nada ha sembrado
Pero conoce esa lengua lejana.
Mis amigas me llaman para ver las cenizas, hasta una larga ventana
Donde nos hemos sentado para que nuestros vestidos brillen a la luna.
¡Vengan a ver el futuro, la mañana que ríe de nosotras!
Tontas muchachas somos.
Tontas muchachas y sin embargo
Hay agua.
También más allá el agua,
que creímos bella,
se escapa
inútil
hacia esa reja manchada por la espuma
tras la cual
un mar pintado
se lleva nuestro perfume.
***
***
Inédito

Unas palabras para Walter Benjamin 
(Berlín, 1892-Port Beau, 1941)

Benjamin decía que el Viento de la Historia no permitía al ángel dibujado por Paul Klee cerrar las alas. Qué idea extraña. Seguramente ese día no nevaría en París porque cuando nevaba no se le ocurrían ideas como esa porque las ideas eran muchas y silenciosas como la misma nieve. La historia tiene su rigor. A veces es hermosa como una pintura de soldados que cruzan montañas de papel de la china o como el cielo raso que se incendia antes de amanecer. A veces es como el ángel mecánico del holandés que mira hacia el pasado con ojos planos dispares cortados a tijera y que se va de espaldas hacia el futuro como una cometa.
Te veo en una silla Thonet, Walter querido, atento y pensando. En la cocina un gran pez está abierto sobre el mármol y un cuchillo de humo lo acaricia. Es la casa de alguien. Una casa en París de perla escasa.  Detrás de las ventanas la noche es violeta y verde y la silla Thonet se aplasta en una muralla de papeles. ¿Es el  viento de la historia? Todos esos sucesos como una danza desde el final del tiempo… ¿tienen algún sentido?  El olor de la viruta del lápiz te distrae. El vidrio sucio del tintero te atrae. Desprendés los puños de la camisa. Si hubieras sido violinista hubieras sido tal vez feliz, pensás, pero recordás que la historia es un instrumento que desafina más bello que un violín, un gran árbol de violines que nadie sabe tocar.

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char