lunes, 11 de febrero de 2013

Até mi destino a la silla

Otras versiones y otros poemas 
de ARSENI TARKOVSKY

(Rusia, 1907-1989)

Cuando era chico una vez me enfermé
de hambre y de miedo. Se me pelaban los labios
con duras costras, y yo me los lamía. Todavía me acuerdo
del gusto que tenían, salado y frío.
Y todo el tiempo caminaba, caminaba y caminaba.
Me sentaba en las escaleras de la entrada para calentarme,
y después seguía caminando despreocupado, como bailando
al son del cazador de ratas, por la orilla del río. Y me sentaba
para calentarme en la escalera, temblando como una hoja.
Y madre que está allí regañándome, es como si
la tuviera cerca, pero no puedo subir hasta ella:
voy hacia ella, la tengo a siete escalones de distancia,
me regaña; voy hacia ella, la tengo
a siete escalones de distancia y me regaña.
Tenía mucho calor,
me desabroché el botón del cuello y me acosté en el suelo,
y entonces empezaron a sonar trompetas, golpes de luz
caían sobre mis párpados, galopaban caballos, y madre
volando sobre el camino, me regañaba
y se iba volando...

... Y ahora mi sueño es
un hospital, blanco, a la vera de los manzanos,
blanco como la sábana que tengo hasta el mentón,
blanco como el médico que me mira,
blanco como la enfermera parada a los pies de la cama
moviendo las alas. Y ahí se quedaban.
Y madre volvió, para regañarme
y se fue volando...

En Diario de poesía 67, Buenos Aires, abril-junio 2004
Trad.: S/D.
***
No volvería a casa

Bajo el corazón del pasto crece el rocío,
un niño va descalzo por el sendero,
lleva fresas en su canasto abierto.
Yo lo miro desde la ventana,
es como si en el canasto llevara el alba.
Si hacia mí se desplegara ese sendero,
si en mi mano se balanceara ese canasto,
no miraría la casa bajo la montaña,
no envidiaría otra tierra,
no volvería a casa.

Traducción: Natalia Litvinova
***
1

No creo en los presagios ni temo las
señales. No huyo de la mentira
o el veneno. La muerte no existe.
Todos somos inmortales. Todo también lo es.
No tiene sentido temer a la muerte a los diecisiete,
ni a los setenta. Sólo hay acá y ahora, y luz;
ni la muerte ni la oscuridad existen.
Ya estamos en la costa;
soy uno de esos que va a arrastrar las redes
cuando un cardumen de inmortalidad pase.

2

Si vivís en una casa –la casa no se va a caer.
Voy a invocar cualquier siglo,
después entrar en uno
y construir una casa adentro.
Por eso es que sus hijos, sus esposas
se sientan conmigo en la mesa
–lo mismo para los ancestros y los nietos:
El futuro se está llevando a cabo ahora,
si levanto un poco mi mano,
los cinco rayos de luz se van a quedar con vos.
Cada día usaba mi clavícula
para apuntalar el pasado, como con madera,
medía el tiempo con cadenas geodéticas
y marchaba a través de él, como si fuera montañas.

3

Tallé esta era para que me calce.
Caminábamos hacia el sur, levantando polvo sobre la estepa;
el pasto alto humeaba, los grillos bailaban,
pegando sus antenas a las herraduras –y profetizaban,
amenazándome con la destrucción, como monjes.
Até mi destino a la silla;
e incluso ahora, en los tiempos que vienen,
me paro en los estribos como un chico.

Estoy satisfecho con esta falta de muerte,
con que mi sangre corra de época en época.
E igual por un rincón de calor en el que soltarme
tranquilo hubiese dado toda mi vida,
cuando sea que su aguja en vuelo
me arrastrase, como un hilo, alrededor
del planeta.

Tomado de cancion-cosmica.blogspot.com.ar
**
Imagen: Vasily Perov, tomada de caminandoporasia.blogspot.com.ar
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char