miércoles, 2 de enero de 2013

Qué áspera se ha vuelto la voz del pájaro


MARIANNE MOORE
(EE.UU., 1887- 1972)


Cabeza de chorlito 
(Bird-witted)

Con inocentes ojos abiertos de pingüino,
  tres grandes sinsontes inexpertos bajo
el sauce
  permanecen en fila,
ala con ala, delicadamente solemnes,
hasta que ven
        a su madre tan grande
        como ellos trayendo
algo que parcialmente
alimentará a uno.

Hacia el agudo crujido intermitente
  de carro con ballestas rotas, que
emiten los tres cuerpecitos sumisos
  moteados de prímulas,
ella se dirige; y cuando
del pico
     de uno, el escarabajo
     aún vivo cae
al suelo, ella lo recoge y se lo
vuelve a dar.

Permanece en la sombra hasta que ellos se peinan
  su denso plumaje filamentoso,
recubierto del pálido manto del sauce,
  extienden la cola y
las alas, mostrando, uno a uno,
la sencilla
     raya blanca que recorre la
     cola y atraviesa
el ala por debajo, y el
acordeón

se vuelve a cerrar. ¿Qué delicioso trino,
  de rápidos e imprevistos sones
aflautados brotando de la garganta
  del astuto
pájaro adulto, llega del
lejano
     aire tibio
     otoñal antes
de que la prole estuviera aquí? Qué áspera
se ha vuelto la voz del pájaro.

Un gato moteado los observa,
  arrastrándose lento hacia el pulcro
trío sobre el tronco del árbol.
  Como no lo conocen
los tres le hacen sitio, inquietante
y nueva dificultad.
     Una pata que pende, perdido
     el control, se levanta
y encuentra la ramita sobre la
que planeaba colgarse. La
madre como una saeta, animada por lo que hiela
  la sangre y recompensada por la esperanza-
de la lucha- puesto que nada llena
  las chirriantes bocas
hambrientas, emprende un combate a muerte
y medio mata
     con pico de bayoneta y
     alas despiadadas al
gato intelectual
que r e p t a cauteloso.

  © de la traducción: Olivia de Miguel Crespo 
  ©: barcelonareview.com

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char