viernes, 26 de abril de 2013

Por eso leo a Platón


HENRI COLE
Tomada de henricole.com

(Fukuoka, Japón, 1956. Reside en Virginia, EE.UU.)

De "Mirlo y lobo"

Encontré una cría de tiburón en la playa.
Las gaviotas se habían comido sus ojos. Su garganta sangraba.
Sobre las conchas y la arena, parecía menor de lo que era.
El océano lo había desollado por dentro.
Cuando le pinché en el estómago, la oscuridad brotó en él,
como agua negra. Luego, vi a un chico,
excitado y eufórico, haciendo señas desde una duna.
Como yo, estaba solo. Algo pasó entre nosotros
sin apenas emoción. Pude ver el color rosa
de sus ojos: “Me he perdido. ¿Dónde estoy?”,
preguntó, como quien le debe algo a la muerte.
Presioné mi cara contra sus arpones.
Caemos, caímos, estamos cayendo. Nada lo impide.
El oscuro embrión muestra sus dientes y seguimos adelante.
 ***
EL ROSA Y EL NEGRO

El mar una copa de negro licor de arándanos.
El cielo de color rosa observándome con tristeza.
La mano que fue mía, inmóvil,
entre episodios de un relato.
El sonido absorbente bajo el agua respirando, escupiendo.
Las burbujas de limo rielando en el mar.
La forma cambiante que llamamos hombre, alzándose liberada,
toda nariz y labios tras un cristal.
Las aletas fluorescentes golpeando contra la piedra caliza
como un abanico español en unas perlas.
Los cuerpos flácidos de los tentáculos rosados, abatidos,
en filas perfectas, colgados del cinturón.
La roca nacarada sobre la que nos sentamos.
La cara adormilada que me miraba.
Los pies cruzados.
La nube entintada, como la secreción de un pulpo,
alejándose en lo alto.
El sol una mezcla blanquiaguada.
La delicada red de ganchillo donde dormían los erizos de mar.
Las grandes púas del que capturé.
El machete, afilado como las palabras de un cura, cortando, cortando.
El intratable mar calmándose y calmándose.
La espalda metálica de algo que escapa,
entrevisto bajo las sombras.
He estado tan solo, hambriento como una serpiente.
***
SACRAMENTO

De camino a misa, por casualidad,
te vi en un café del bulevar
con tu mujer y su madre.
Llevabas la preciosa cruz de oro
que mi padre me dio cuando era niño.
Después de cada sorbo de su vaso,
tu mujer se recogía el flequillo tras las orejas
y volvía a cruzar sus blancas piernas de porcelana.
Yo dejé que volvieras con ella,
guardé las cartas en una caja.
Riendo por algo que se dijo,
alzaste el brazo con el mismo gesto
que la noche en que nos conocimos en el parque,
cuando nos escupió la mujer del terrier.
¿Recuerdas que la hierba húmeda, sin olor
en la que nos sentamos, brillaba
como el lomo de un animal?
En cierto momento la madre de tu mujer
extendió su mano de forma apasionada
y te limpió algo del suéter,
como si el pelo de aquel animal
fuera lo que hubiese visto
y con su mano quisiera decirnos
que no te dejarían escapar nuevamente.
        ***
MARFIL RADIANTE

Tras la muerte de mi padre me encerré
en mi habitación, aburrido, como un animal.
El reloj de viaje, la botella de Johnnie Walker,
los coloridos tulipanes: todo tenía su cara,
casta y sombría. La nieve y la lluvia batían el aire
blanca, loca, profusamente. Nada salía
de mí excepto pura sensibilidad, extrema.
Era como si no hubiera nacido aún —sin habla,
truculento, puro— con fuertes brazos de marfil
extendidos hacia un espacio oscuro y atestado,
iluminado como una caja de plata perforada
o una pequeña habitación, en la que cigarrillos encendidos
fueran y vinieran, como almas perdiendo su magnitud,
pero ninguno con la mano ajada que yo conocía.
***
CUMPLEAÑOS

Cuando era niño, llamábamos castigo
a ser encerrados en un cuarto. La aparente
abdicación de Dios por los asuntos del mundo
parecía imperdonable. Esta mañana,
mientras subo los cinco pisos hasta mi apartamento,
recuerdo la voz airada de mi padre
envuelta en ansiedad y amor. Como siempre,
la posibilidad de un hogar —un sueño, como mucho—
permanece ilusoria. Por eso leo a Platón, para quien el amor
no ha sido profanado. Me tumbo en la alfombra,
como un gusano compastando, y comprendo cosas
sobre las que no tengo ningún conocimiento empírico.
Aunque la puerta esté cerrada, soy libre.
Como un mapa obsoleto, mis fronteras están cambiando.

De La apariencia de las cosas, Quálea editorial, Torrelavega, 2008.
Traducción: Eduardo López Truco.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char