martes, 4 de junio de 2013

Nada más bajo el cielo

RAÚL GUSTAVO AGUIRRE

(Buenos Aires, Argentina, 1927-1983)

- El poeta debe tener el don de atravesar esos falsos resplandores donde giran inútilmente toda suerte de iluminados. No es posible pasarse la vida tratando de dejar un barbijo sobre la cara de este lado de la muerte.

- El poeta no penetra impunemente en la región votiva de la realidad. Sus ojos atentos le delatan siempre al Minotauro.

- La antigua disidencia entre la poesía y la realidad origina ese abismo en cuyos bordes reinan los lenguajes de las metafísicas esquizofrénicas. Es preciso asumir el riesgo de una vida que salte de la una a la otra, y viceversa, con tanta rapidez que acabe por confundirlas: vidrio de Calibán, cabeza de arco voltaico, universo enorme, son los supuestos del poema.

- La magia de la existencia es enorme. La tarea del lenguaje es revelarla, no sustituirla.

- El poeta es el hombre de la lenta obsesión.

- El poema te desea, te hace jugadas crueles, te obliga a destrozar tus herramientas y, una vez ocurrido, malogra tu deslumbramiento incorporándose a ti.

- El poeta puede sentir a veces necesidad de concluir, mediante una ecuación multivalente, apta para la solución de sus diferencias internas, esa constante amenaza de muerte que anula, en nombre de un juego interminable y absurdo, las posibilidades de una ciudadanía complaciente en la felicidad de la Creación. Pero los resultados a que le conduce esta búsqueda son apenas provisorios: vuelve a nacer el fénix, ave insistente, curiosa y detestable. Y detrás de ella, el cazador sin alma, sin victimario cíclico.

- Hay piedras que no pueden retener una inscripción falsa sin maldecirla por dentro. Son el magma de los mundos libres. El poeta las prefiere a las otras.

- La poesía tiene sus parásitos, sus chambelanes, sus grandes sacerdotes, sus ayudas de cámara, etc. Es necesario aclarar que en nada le conciernen los orgasmos de estos fabulosos posesos.

- Una situación alarmante, un privilegio que abruma, son previos a cualquier movimiento hacia el lenguaje y deben ser alcanzados por el poeta a riesgo de caer en los círculos mágicos de la mistificación. Es preciso pagar por la verdad que se mueve y abraza a los otros.

- El poema suele ser a veces ese crujido aterrador tras una puerta clausurada.

- Tiempo sin eufemismos donde cada mirada es un desafío, cada movimiento una liberación. El poeta, ausente del orden público, echa a perder sin cesar, combatiente anónimo en la terrible sesión secreta, las pruebas del fracaso del hombre.

- Si el poeta no se complica en la realidad, entonces dispone de un espacio muy reducido, a pesar de las apariencias.

- ¿Qué surco no es esencial para el arado? ¿Qué semilla no importa para la tierra viva de los muertos?

- Se trata de llevar hasta el fin -manotazos de ahogado de por medio- cierto orden, esencial para uno, cuya predicación a los demás está excluida de antemano. Mejor aún: la contemplación edificante de un orden inventado y sostenido por uno. Un orden brillante, que mantiene a la muerte en el interior de nuestra casa pero a su rostro más allá del horizonte.
Un orden hecho con el mundo y en el que Dios puede entrar o no entrar sin que ello se advierta.
Un orden que la razón, fuera de su lugar, deseca; y en su lugar perfecciona.
Esencial para uno, es decir, núbil para uno y mortal para uno. Para los otros, el silencio y la palabra.

- Irrumpir en el prójimo para depositar nuestro huevo de abismo y de tristeza, he aquí el mal que borra el bello rostro de tantos.

- Actuar allí donde la acción concreta es posible. No avergonzarse de las apariencias reducidas del campo. (El sentido de la realidad es el de los límites. Un sólo ilimitado: el amor).

- No estar es acceder, sin hambre y sin dolor, a ser reflejo, a ver reflejos.

- El estado de alarma y el estado de gracia son uno en el poeta.

- La omnipresencia del crimen y la obstinación del poeta. Nada más bajo el cielo.

- No es desdeñable un toro enfurecido bajo el sol.

De ASTEROIDES, Edit. Botella al Mar, 2001.
***

Mi corazón avanza sin miedo por una esencial contradicción. Mi corazón alegre y aterrado, que baila con la flauta del mentiroso y se detiene ante una piedra desconocida.

Yo siembro en el campo de tu inmensidad. Oh insólita a quien la noche sorprende, como yo, lejos del reino de la noche.

Yo no estoy en el camino de los que detonan el universo y los que se deshacen por su cuenta, yo no quiero elegir entre los acuarios y el Mar Muerto.

¿Acaso no puedes, todavía y siempre, compartir este verano, en medio de los árboles gigantes, hecho por nosotros y hecho para nosotros, que todo le debe al dolor y nada debe al dolor, y en el que moriremos sin protocolos inútiles?

¡Todo un anillo de terror, como un incendio, en medio de la claridad que abrimos, trémulos privilegiados, para perdernos más intensamente!

El viejo cuyo rostro es apenas visible, a quien espera la mañana. La niña de simples movimientos salta de eternidad en eternidad, bajo las amenazas del litio. Estos son mis cimientos.

Aquello de que huyes es el poema. Aquello que te detiene y te espanta, es el poema. El que quiere pasar por aquí, eso es todo.

Desasosiego: tu sosías escapa, en tanto tú te paralizas. La rosa desgarrada en la noche del monstruo. Y las estrellas brillantes.

Rostro fugaz en la tormenta, tu ausencia yo ya la conocía, tu ausencia, el viejo abismo tenebroso. Buena suerte, rostro perdido en la tormenta.

Cuando yo cierre los ojos, mi amor, los abrirás al otro lado del tiempo.

En suma, yo tengo una patria, leve posesión. Una patria oprimida por la ingratitud y el olvido, la dimisión y la negligencia. Cuando me sueltan, yo vuelvo allí, yo amo.

Abre, Sésamo, la puerta de mi casa. Allí donde reina la lámpara del hombre, yo ceso y recupero lo esencial. Yo soy el grillo que ha saltado a la noche.

La soledad comienza donde los otros, el miedo en la mirada, se terminan. Vuelves a tu peña junto al mar, que la tormenta visita y los espectros prefieren. ¿Cuántos rostros borrados hoy, apenas comenzadas las ceremonias del alba? ¡Ah, el encuentro es difícil cuando todas las cartas están sobre la mesa! ¿Pero a quién hablas, sino al amor, magnolia lúcida que de todo te olvidas?

En mi campo de honor yo siembro. En mi campo de tinieblas me maravillo.

Aprende de los niños, esos desterrados de la noche, que en su noche más vasta se abandonan y vuelven como rayos a la realidad.

En el borde, 1961
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char