jueves, 5 de abril de 2012

En mi ciudad nadie ignora que no sé escribir

DAVID LAGMANOVICH
(Argentina, 1927-2010) Cordobés de origen, residió en Tucumán.

De Microrrelatos:


Los libros

El seminario de posgrado había sido convocado a su primera reunión en la sede de una biblioteca. En la puerta de acceso, un anciano profesor ayudaba a los alumnos que, desorientados, recorrían una y otra vez la calle sin reconocer la institución. Ya dentro del edificio desierto, se ubicaron todos alrededor de una larga mesa; las lámparas, embozadas en pantallas verdosas, iluminaban tenuemente el lugar. Desde allí no se escuchaban los ruidos de la calle. Las paredes del salón estaban cubiertas de altas estanterías en las que se alineaban miles de libros, cubiertos por una leve capa de polvo. Algunos alumnos preguntaron dónde estaban los monitores de televisión y las computadoras: no había allí tales cosas. Incrédulos, fijaron su vista en el anciano, como demandando explicaciones. “Ésta es una biblioteca y lo que ven son libros”, comenzó con voz suave el profesor.
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Ágrafo

En mi ciudad nadie ignora que no sé escribir. Ahora me han premiado como el mejor escritor inédito de la comarca. Pero si acepto el premio debo enviar una carta de agradecimiento, y no encuentro a nadie dispuesto a escribirla por mí.
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Udine

Sólo el nombre de mi abuelo queda en Udine
Ciertos sonidos un genitivo anómalo
Un rasgo quizá retorrománico

Un nombre que es la marca de un oficio
Dondequiera se extienda
La sangre del Friuli laboriosa y pobre

El nombre propio más común
De Udine me recibe
En la primera esquina de la ciudad
Con un guiño irónico

Has vuelto dice
Pero no queda nadie
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La palabra

Sólo la palabra es capaz de corporizar
aquello que las palabras
no son capaces de expresar.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char