miércoles, 11 de abril de 2012

Todo vanidad y no hay provecho debajo del sol

LUISA FUTORANSKY
(Buenos Aires, Argentina, 1939)
VIOLENCIAS QUE SE HACEN DEBAJO DEL SOL

 En los trópicos donde el amanecer clava las encías en la tierra
 y un resto de auténtico terror amenaza las palpitaciones de todo lo vivo
 un himno a lo corrupto crece majestuoso
 la maravilla se repite palmo a palmo
 y el miedo es un color ardiente
 un salto brevísimo en el preciso instante en que la sierpe se
 apresta a hincarnos sus jugosos colmillos
 (y una inocente varita la hemos muerto
 y comienza ya sin prisa, rendida a nuestros pies
 su retorno al polvo)

 o también ese risco imprevisible que nos echa de brazos abiertos
 al abismo
 la feroz helada nocturna
 el rayo demencial y solitario que escoge sus víctimas sin errar
 jamás el cálculo

 o el mar, ese evento que no debe olvidarse
 ese avaro loco y feroz que casi nunca devuelve las presas
 ese cachalote que desgarra por placer a los caídos
 o por tedio, sólo para ejercitar sus fauces

 y en el fondo, sin tiempo y sin memoria
 custodiados por el silencio
 los arcones, los secretos, los fantasmas
 y algunos continentes con su próspera vanidad cercenada por un
 tajo largo y limpio

 y en la superficie el doloroso enigma de los sismos y volcanes
 forzadas marchas y contramarchas
 que debilitan las especies y crean sus anticuerpos
 sus tenaces reemplazantes

los que se debaten arrojados al arbitrio de las mareas y gimen
 y se afanan sin destino
 dejando torpes hitos de sus fuerzas

 pero los que son ya fueron y serán
 y he aquí –dijo el Predicador- que no vi otra cosa
 que la misma, la anciana, la renovada aflicción de espíritu
 todo vanidad y no hay provecho debajo del sol
***
LA ENANA

Muy tarde comprendí que uno no sólo no crece más, sino que se encoge, no de hombros, sino de todo. Alguien que no me había visto cierto tiempo me dijo: —Pensé que eras mucho más alta. Después, empecé a tener que ponerme en puntas de pie para asir cosas que antes tomaba normalmente. Ahora vivo en el respiradero del zócalo. Ver el mundo de abajo. Cómo alcanzar, las nubes, la mesa, lo esquivo de su boca.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char