lunes, 16 de julio de 2012

Aún estar después de haber huido


ANA EMILIA LAHITTE
(La Plata, Buenos Aires, Argentina, 1921)



El suéter de Fedorio

En los bordes raídos del suéter
de Fedorio
se arremansan la vida y sus historias.

Jamás
me atrevería a proponerle restañar
esos hilos desgastados
reavivar los colores
las zonas percudidas como un abecedario
para ciegos.

Quitárselo
sería desollarlo.

El suéter de Fedorio
es una hogaza
un libro de bitácora un sol un campanario
alguna melodía que se canta
sin que nadie la escuche.

Su intemperie
anuda cuanto ha sido algo más
que un adiós
menos que un llanto
algo que sólo cabe en el hueco secreto
de la mano.

Si otra piel respira
debajo del mandala de su suéter gastado
será sólo el sudario
que busca convertirse en el revés cereal
de esa coraza
hilada por los pájaros.
***
Algunas maneras de ensayar el adiós
(Poema publicado el 17 de mayo de 2002)
Fragmento

1
Cada latido,
pendular, descalzo, regresa al universo.

2
Somos lo que no vemos.
Somos lo que ignoramos. La sombra es la única constancia
del aún estar después de haber huido.

5
La desnudez
fue siempre mi guarida secreta.

6
Costó tanto
inventarse, cavarse, mutilarse,
antes de regresar al fondo del espejo.


10
Lo importante es la sed.
                            Ser un mismo desierto.

13
Fascina
              Este límite
Donde el haber vivido se desprende
              como la piel de una serpiente.

18
Sí,
      las heridas son el mejor manuscrito.

32
Envejecer es esto,
       recordar vagamente la piel de los amantes.

37
Sólo creo
              en los ángeles heridos,
              en su examen de luz en los infiernos.

44
       Es difícil morir.
                            Más difícil aún saber si estamos vivos.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char