martes, 17 de abril de 2012

Ama las sombras que descienden, los lugares oscuros

UMBERTO SABA
(Trieste, Italia,
1883 - Gorizia, íd. 1957)


El vidrio roto

Todo se mueve contra ti. El mal tiempo,
las luces que se apagan, la vieja
casa sacudida por una ráfaga y que amas
por el mal sufrido, las esperanzas
defraudadas, algún bien en ella gozado.
Sobrevivir te parece una recusación
de la obediencia a las cosas.
Y en el quebranto
del vidrio en la ventana está la condena.

Versión de Jorge Aulicino
***
HOJA

Soy como aquella hoja –mira-
en la rama desnuda, que un prodigio
mantiene aún sujeta.

Niégame pues. No vaya a entristecerse
la bella edad que con ansia te azora
y por mí se retrasa con impulsos de niño.

Dime tú adiós, si yo no puedo hacerlo.
Morir es nada; perderte es lo difícil.

Traducción de Abraham Gragera  
***
FEDRA

Sopla un cierzo homicida. Mañana
caerá la nieve y blanqueará las sendas
amigas que subían a tu casa,
en la colina, lejana. Entre los verdes
pinos el valle inmenso repite
en hojas incontables el color
que te gustaba siempre en tus cabellos.
                                                              Fedra
eras; y eres.
                    Más preciosa ahora
que se enciende en la estufa el primer fuego
en raras casas; la estación es un poco
nuestra, nuestro el paisaje; el pensamiento
irradia una última verdad; se hace la ilusión
de que lo peor –quizás- ha pasado.

Traducción de Abraham Gragera  
***
La melancolía amorosa

Melancolía amorosa
de nuestro corazón,
como un afán secreto o un fervor
solitario, siempre más íntima y querida;
por ti un dulce pensar con una amarga
remembranza se esposa;
rechaza al tedio que dentro se estanca
y luego para siempre te acompaña.

Melancolía amorosa
del joven que se sienta
detrás de un mostrador, que ve
inclinadas sobre sus telas las más bellas
mujeres de la ciudad; tormento oscuro
en aquel soñador
que al encenderse ya las primeras estrellas
y la luz en las calles
sube meditativo de quién sabe qué amor
y qué dolor la larga cuesta pedregosa
de la colina,
donde las casas y la iglesia en la cima
parecieran juguetes; la ciudad laboriosa
se esfuma en el confín aún encendido;
y herido por la vida se agiganta
su orgullo, vecino a la locura.

Melancolía amorosa
de mi vida,
primera herida y última del alma;
quien recoge tus frutos
ama las sombras que descienden, los lugares
oscuros,
camina lentamente, va rozando los muros,
no ve lo que ven todos
y adora aquello que no ve ninguno.

 Versión: s/d
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char