domingo, 25 de noviembre de 2012

Constelaciones cada vez más incompletas y extravagantes

Tomada de wewhoareabouttodie.com
Un poema de JOSHUA COREY
(Evanston, Illinois, EE.UU., s/d)

MERCADO DE DÉFICIT COGNITIVO

Ella ha olvidado lo que olvidó
esta mañana: sus llaves, la tostada en la tostadora que ennegrece
el interior de cráneos amados, pequeños planetarios
que proyectan constelaciones cada vez más
incompletas y extravagantes: el Culo
Grávido, la Rueda Mesozoica, la Gran
Barba de Chivo, el Ínfimo Fascista. Al otro lado de su ventana
se congrega un gentío que bulle en blanca confusión
como leche que hierve hasta secarse en la sartén —algunos
alzan dedos para apuntar en esta o aquella dirección
con certeza saltimbanqui pero
ellos están demasiado cerca para todas
esas manos voladoras, de manera que botan anteojos
y sombreros— disculpas inaudibles, alguien ofrece
un puño, la reyerta inunda el exiguo tráfico
de bicitaxis y camiones repartidores llenos hasta el copete
de lechugas que se pudren. Mientras, por encima de todo,
ella prepara las cosas del té: taza y plato de cerámica,
cucharita de peltre, tetera de hierro enguijarrado, un pedazo
de Sara Lee. Espera recordar
encender la radio, escuchar cuando venga el ascensor, cuando
se cierre el candado o alguien llame
a la puerta. Dentro de poco ella lo dejará todo
en la misma configuración
que hay en el fondo de un limpio fregadero blanco
con su grifo goteante.
Nosotros, que observamos esto, ya medio vueltos
hacia jardines soleados o hacia el semirremolque que se
     aproxima—
sin ser el que está muerto pero tampoco exactamente vivo.
La piel es un guante que se arruga al tensarse.
Lo mismo el cerebelo. Una partida
de ajedrez entre juanpalos—me refiero a los insectos
esos que parecen de madera. Yo digo que aparentamos
a partir de fotos y repeticiones
lo que nos jugamos en estos nombres sin peso.

Traducción: G.A. Chaves

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char