domingo, 11 de noviembre de 2012

Tú que exploras en torno y ves los signos

Tomada de learte.wordpress.com

ITALO CALVINO
(Santiago de Las Vegas, Provincia de La Habana, Cuba, 1923 - Siena, Italia, 1985)

Las ciudades invisibles
(Fragmentos)

El atlas del Gran Kan contiene también los mapas de las tierras prometidas visitadas
con el pensamiento pero todavía no descubiertas o fundadas; la Nueva Atlántida, Utopía, la
Ciudad del Sol, Océana, Tamoé, Armonía, New-Lanark, Icaria.
Pregunta Kublai a Marco:
–Tú que exploras en torno y ves los signos, sabrás decirme hacia cuál de estos futuros
nos impulsan los vientos propicios.
–Para llegar a esos puertos no sabría trazar la ruta en la carta ni fijar la fecha de
llegada. A veces me basta un escorzo abierto en mitad mismo de un paisaje incongruente, un
aflorar de luces en la niebla, el diálogo de dos transeúntes que se encuentran en medio del
trajín, para pensar que partiendo de allí juntaré pedazo a pedazo la ciudad perfecta, hecha de
fragmentos mezclados con el resto, de instantes separados por intervalos, de señales que uno
manda y no sabe quién las recibe. Si te digo que la ciudad a la cual tiende mi viaje es
discontinua en el espacio y en el tiempo, ya más rala, ya más densa, no has de creer que se
puede dejar de buscarla. Quizá mientras nosotros hablamos esta aflorando desparramada
dentro de los confines de su imperio; puedo rastrearla, pero de la manera que te he dicho.
El Gran Kan estaba hojeando ya en su atlas los mapas de las ciudades que amenazan
en las pesadillas y en las maldiciones: Enoch, Babilonia, Yahoo, Butua, Brave New World.
Dice:
–Todo es inútil si el último fondeadero no puede ser sino la entrada infernal, y allí en
el fondo es donde, en una espiral cada vez más estrecha, nos sorbe la corriente.
Y Polo:
–El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el
infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no
sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el
punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos:  buscar y saber quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar y darle espacio."
***
 “Partiendo de allá y caminando tres jornadas hacia Levante, el hombre se encuentra en Diomira, ciudad con sesenta cúpulas de plata, estatuas en bronce de todos los dioses, calles pavimentadas de estaño, un teatro de cristal, un gallo de oro que canta todas las mañanas sobre una torre. Todas estas bellezas el viajero ya las conoce por haberlas visto también en otras ciudades. Pero es propio de ésta que quien llega una noche de septiembre, cuando los días se acortan y las lámparas multicolores se encienden todas juntas sobre las puertas de las freidurías, y desde una terraza una voz de mujer grita: ¡uh!, sienta envidia de los que ahora creen haber vivido ya una noche igual a ésta y haber sido aquella vez felices”.
***
“Al hombre que cabalga largamente por tierras selváticas le acomete el deseo de una ciudad. Finalmente llega a Isadora, ciudad donde los palacios tienen escaleras de caracol incrustadas de caracoles marinos, donde se fabrican según las reglas del arte catalejos y violines, donde cuando el forastero está indeciso entre dos mujeres encuentra siempre una tercera, donde las riñas de gallos degeneran en peleas sangrientas entre los apostadores. Pensaba en todas estas cosas cuando deseaba una ciudad. Isadora es, pues, la ciudad de sus sueños; con una diferencia. La ciudad soñada lo contenía joven; a Isadora llega a avanzada edad. En la plaza está la pequeña pared de los viejos que miran pasar la juventud; el hombre está sentado en fila con ellos. Los deseos son ya recuerdos”.
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“Si Armilla es así por incompleta o por haber sido demolida, si hay detrás un hechizo o sólo un capricho, lo ignoro. El hecho es que no tiene paredes, ni techos, ni pavimentos: no tiene nada que la haga parecer una ciudad, excepto las cañerías del agua, que suben verticales donde deberían estar las casas y se ramifican donde deberían estar los pisos: una selva de caños que terminan en grifos, duchas, sifones, rebosaderos. Contra el cielo blanquea algún lavabo o bañera u otro artefacto, como frutos tardíos que han quedado colgados de las ramas. Se diría que los fontaneros han terminado su trabajo y se han ido antes de que llegaran los albañiles; o bien que sus instalaciones indestructibles han resistido a una catástrofe, terremoto o corrosión de termitas”.
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“En esta ola de recuerdos que refluye, la ciudad se embebe como una esponja y se dilata. Una descripción de Zaira como es hoy debería contener todo el pasado de Zaira. Pero la ciudad no dice su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en los ángulos de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras, en las antenas de los pararrayos, en las astas de las banderas, surcado a su vez cada segmento por raspaduras, muescas, incisiones, cañonazos”
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“En Cloe, gran ciudad, las personas que pasan por las calles no se conocen. Al verse imaginan mil cosas las unas de las otras, los encuentros que podrán ocurrir entre ellas, las conversaciones, las sorpresas, las caricias, los mordiscos. Pero nadie saluda a nadie, las miradas se cruzan un segundo y después huyen, buscan otras miradas, no se detienen. Pasa una muchacha que hace girar una sombrilla apoyada en su hombro, y también un poco la redondez de las caderas. Pasa una mujer vestida de negro que representa todos los años que tiene, los ojos inquietos bajo el velo y los labios trémulos. Pasa un gigante tatuado; un hombre joven con el pelo blanco; una enana; dos mellizas vestidas de coral”. 
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char