viernes, 18 de mayo de 2012

Duros, solos


Algo más de
MARIO JORGE DE LELLIS
(Buenos Aires, Argentina, 1922-1966)

Canto a los hombres del vino tinto

Yo sé que vendrán, caminarán,
vendrán, caminarán, darán la vuelta,
dirán mi barco ballenero pesca en las Orcadas,
mi vejez es un canto de rayuela,
mi velador no caza mariposas,
vendrán, caminarán, dirán cualquiera
tiene un gorro frigio,
cualquiera tiene un tango,
tiene un agua tanino;
vendrán, caminarán, dirán la palabrota que les queda,
vendrán, caminarán, dirán del apio,
vendrán, caminarán, dirán que salga pato o gallareta,
dirán, caminarán, dirán qué bárbaro,
dirán imbécil,
dirán yo soy un hombre,
dirán piso la tierra.

Yo sé que ellos vendrán, caminarán.
Dirán, caminarán y cantarán con la violeta
y cantarán el ajo de los guisos
y el ábside, el gorrión, las azoteas.
Vendrán, caminarán, dirán que antepasados
murieron en cadalsos o en hogueras,
murieron sobre camas de hospitales,
sobre catres sin luz o sobre las veredas.

Vendrán, caminarán,
con la antigua zozobra
del alquiler,
con la herramienta húmeda, oxidada;
vendrán, caminarán, vendrán la siesta,
falseadores del sol,
halconeros audaces del de pronto,
viejos amigos míos, cantantes de violetas,
venteando lluvias coloradas,
cayendo, decayendo, diciendo que vendrán, caminarán,
diciendo apenas
que aquí vendrán, caminarán...
Y un chapoteo dulce pica en la piel
y uno sabe que están como los muertos:
acostados y duros y sin pena.

Como los muertos duros.
Los muertos ya no tienen vanagloria. Ni problemas.
Ni decapitación. Ni ley.
Ni llave familiar para el altillo. Ni retratos de abuelas.
Los muertos tienen solamente
un raptado moverse entre las cosas y una cruz oficial
y un pasado rumor de voces vivas en la oreja.
Y están bajo el zapato del que vive,
químicamente amargos, naturalmente pobres y de tierra.
Vendrán, caminarán. Observadores simples,
jugadores de truco, sacrílegos del agua,
bicarbonatos, hígados, confidencias,
lo que yo siempre tuve es poca suerte,
viejos amigos míos, cantantes de violetas.

Vendrán, caminarán.
Tendrán la mano abierta,
un tajo de dolor hundiendo sus infancias,
una hermosura en vino y un vino en la moneda.

Vendrán, caminarán.
La vida es tan correcta,
tan construida así como esas casas de diez pisos,
tan dócilmente puesta
hacia la muerte
que al encontrarlos
uno se siente afuera.

Vendrán, caminarán. Caña, pescado, pipa.
Pelos en la nariz, buenas noches me voy la tengo enferma
yo le voy a contar la historia de mi pueblo,
qué has quedado pensando marivelcha.

Yo sé que ellos vendrán, caminarán,
vendrán, caminarán, darán la vuelta.
Tienen cosas acaso que decir,
tienen qué preguntar: cuántas botellas,
cuántos lagares dulces,
cuánta ocupada mesa,
cuánto codo raído
o pantalón gastado en las veredas
o anoche me soñé vinado en un cadáver
o anoche me soñé a mi María muerta.

Vendrán, caminarán.
Visitarán mi tierra.

Vendrán, caminarán.
Fueron la tierra.

Vendrán, caminarán.
Se los tragó la tierra.

Vendrán, caminarán.
Campanas tocan en las copas. Buenas noches amigos,
buenas noches por catres, bodegones, viento al irse a dormir,
cantantes de violetas.

De CANTOS HUMANOS, Colección "Ventana de Buenos Aires", Bs. As., 1956.
***
Mario Jorge de Lellis
Por Isidoro Blaisten

Iba como buscando flores por la vida. Viviendo sólo lo decantado. “Suelo olvidar detalles”, dijo una vez en un poema. Y los olvidaba, porque tenía que vivir apresuradamente, en función de poesía, quemando etapas, casi contrarreloj, con ese presentimiento de la muerte, con esa solemnidad de la muerte que tenía en la mirada “…como si su instinto lo llevara a sacar provecho de este último chorro de vida. Como si supiera que viene la muerte, que tiene que dejar escrito hasta el último verso que ha sedimentado su alma”. Esto que Mario escribió de Vallejo tiene valor para él. Toda su poesía tiene una relación directa con la muerte. No una lamentación, sino una especie de acatamiento vital.


“En las tres cuartas partes de la vida…”, escribió en un poema, cuando tenía 33 años. Y vivió 44. Trabajó duramente para ganarse un peso, escribió catorce libros de poesía, una novela, dos biografías, uno de cuentos, uno de viajes, más de trescientos cuentos para revistas femeninas, publicó catorce números de su Ventana de Buenos Aires, una de las más hermosas revistas literarias que existieron, fue veinte años al hipódromo, no dejó de ver a Boca, viajó por muchos países, tomó mucho vino, tuvo muchos hijos, amó a muchas mujeres.


Además concitaba la magia. La urgencia de pasar rápidamente por sobre lo cotidiano lo llevaba a convocar algo extraño que iba desde acertar la triple hasta olvidarse una máquina de escribir en un café a la italiana de Sarmiento y Florida, y encontrarla al día siguiente en el mismo lugar, confundido el color de la funda contra el mármol negro de la balaustrada, o volver de China sin un peso y descubrir en la cubierta una cartera llena de miles de liras. Efectivamente, era de un pobre inmigrante. La devolvió. Se pasó el viaje agasajado, comiendo con la oficialidad como un héroe de la honradez.


Por medio de la magia se le pegaban los tipos más insólitos. Una tarde fuimos a tomar un vino a un bar extraño, que queda por Tacuarí y Rivadavia. Primero vimos a una loca que esperaba en la puerta a que los parroquianos se levantasen para entrar corriendo y tomarse cualquier cosa que quedaba en los vasos, todo muy rápido, para volver a la entrada a montar guardia.
De Lellis en ese momento esbozaba su teoría del miércoles. Era un día que no le gustaba. Decía que era un día de miércoles, que no era ni chicha ni limonada, que estaba en mitad de la semana y que por eso a las mujeres había que pegarles todos los miércoles con la toalla mojada.
En eso entró un sujeto raro y antiguo, con un sombrero hongo empotrado hasta las cejas. Despaciosamente, fue mirando con severidad todo el salón. Cuando nos vio se acercó un poco y nos estudió con una insistencia torva, casi despreciativa. Y se fue. Con la misma dignidad con que había entrado, dio media vuelta y se fue.
Nos miramos en silencio. Entonces Mario dijo:
–Inspector de angustiados.


Una noche estábamos con Jorge Vázquez Santamaría. Comimos en el Pippo y después Mario siguió tomando. Era imposible seguirle el tren. Pedía anís turco, grapa, ginebra, hesperidina y moscato y lo mechaba con traviatas y capuchinos, panes de salud y académicos.
Recorrimos tantos boliches que a las seis y media de la mañana nos sentamos en un bar frente a la Plaza Once. En la mesa de al lado había un hombre solo. 
Parecía esperar a alguien. Tenía un paquete grande como una caja de zapatos. Mario comenzó a semblantearlo:
–¡Je, vos sí que tenés tu paquete!
El otro se sobresaltó. Después esbozó una sonrisa idiota.
–Te compro el paquete.
Ahora sonrió menos. Dijo algo que no entendimos.
–Te doy dos lucas.
El hombre no sonrió más.
–Mirá, todo lo que tengo son siete lucas. Te doy siete lucas si me das el paquete. Acá están. Tomá.
El hombre se levantó, apretó el paquete y se fue rápidamente. Cuando pasó por la caja, nos seguía mirando con miedo.


Fue un gran poeta, con un gran conocimiento de la poesía y un gran rigor y había llegado paulatinamente, a fuerza de sublimación a ese lenguaje tan intransferiblemente suyo, tan descaradamente copiado por los indios de opereta, por los mestizos de la literatura.


Recuerdo cuando Marcelo Ravoni, miraba el reloj y decía: “ –ya–”. Mario escribía “poesía rimada al minuto” sobre el dorso de los descartes de fotocopias. “–Este va en nueve– decía”. Y escribía largas estrofas con una métrica perfecta, frescos retratos de amigos, llenos de humor. De ese endiablado humor que lo acompañó hasta el final.


Fue un gran poeta. Un poeta popular que no necesitó de malas palabras para hablar al corazón de la gente. Nunca adoptó posturas de exquisito. Antes de ser un intelectual, fue un ser humano. Un ser humano “lleno de cosas”, como decía él. Un hombre de pueblo “y maneras de Almagro”. Mario se fue. Lo enterraron un miércoles. Quizás esa tarde los gorriones se hayan callado un momento. Pero algún día se va a escribir la historia. La verdadera historia. Y cuando aquellos que una vez le pagaron treinta pesos por una nota, los que nunca le dieron ni un tercero, ni un quinto, ni un sexto premio municipal ni barrial, ni nada, los que dijeron: “…sí, pero tomaba”, estén muertos “nutridos de materia./ Duros, solos.”, las muchachas que tendrán la edad de Sandra, leerán sus poemas, leerán, por ejemplo: “Sandra/ algún día leerás estos poemas/¿seguirás siendo Sandra?".


De Anticonferencias, EMECE (1983).
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char