martes, 20 de noviembre de 2012

Pero yo, hija de hombre


OLGA OROZCO
(Argentina, 1920-1999)


En abril o en octubre

Abril es el mes más cruel, engendra
lilas de la tierra muerta, mezcla
recuerdo y deseo, despierta
con lluvia primaveral inertes raíces.
                                           T.S. Eliot


¿Qué el más cruel de los meses es abril, es decir nuestro octubre?
¿Sólo porque da brillo a la esperanza y sopla sobre las cenicientas ascuas?
Quizás porque supones que todas las primaveras son perversas,
que humillan agonías y tratan de abatir de un golpe avieso,
de un verdor que despliega su abanico d plumas en un joven alarde,
desdeñoso, insolente,
la rama que no ha muerto,
esa que resistió debajo de la escarcha los castigos del viento,
los menudos puñales de la lluvia y la embestida de la fiera.
Yo, hija de hombre, ya sé desde el principio de mis noches
que toda carne es hierba, y se doblega y cae como paja,
pero si no despierta la hierba sofocada y se alza nuevamente como hierba,
y si el deseo sólo se prolonga en vanas humaredas fantasmales,
no es culpa de tu abril, sino de nuestro agosto que secó toda gloria,
carcomió sin piedad las cortezas del mundo
y sepultó hasta el reino más negro de las sombras las visiones doradas.
Sí, sí, reconozco ese olor de humedad subterránea, de jardín clausurado,
ese sabor de exilio en las arenas de la boca,
el tacto de la nada.
Pero yo, hija de hombre, igual te digo que cuando en un abril o en un octubre,
aunque sea lejano, ya casi como nunca,
abriste por una vez, por un instante, las puertas de tu irrecuperable paraíso
y te invadió la luz de aquella primavera,
aprendiste de una sola mirada la mirada del sol de cada día
que alza su altar también sobre las aguas muertas, sobre la dura tierra,
sobre la hierba seca.
***
De archivo

¿Quién?, ¿quién?, ¿quién? 

A solas,
en medio del vendaval del tiempo no estoy sola.
Van y vienen, errantes como nubes,
sumisos al capricho de la luz, a las oscilaciones entre la fe y la duda,
pero al final se imponen, lo mismo que una música o un destello lunar,
invadiendo mis ojos, mi nublada cabeza,
desde la extraña, oscura, vertiginosa rotación del tiempo.
¿Son recuerdos, o sombras, o visiones? ¿Espíritus, acaso?
Los siento agazapados, dispersos en el fondo de todos los rincones,
al acecho de algún momento en blanco, una pausa, una ráfaga, el eco de unos pasos,
y ponerse a existir como la vez primera o la última vez,
mientras aumenta el frío en mis rodillas.
Quién? ¿quién? ¿quién?
Llegan como jirones desprendidos del sueño.
Pero los reconozco: no se han roto los inasibles vínculos.
Son mi abuela, mis padres, mis hermanos en su versión de gasas para el vuelo,
y el modo de caer a vida o muerte, como una inmolación,
hasta el centro engañoso de la llama,
que es mi propia manera de partir y volver a nacer.
Sé también quiénes son los que llegan ahora:
parecerían pájaros en duelo o humaredas que significan "nunca más",
papeles calcinados por embustes, por juramentos y traiciones,
un remolino negro en las tormentas del pasado.
Y tú ¿vienes por mí?
Tú, que desde tan cerca me rodeas con tu abrazo de seda,
huyes después tan rápido que apenas puedo ver el destello de un rastro,
el fulgor de tu piel bendiciendo mis lágrimas,
y sentir que me dejas otra vez tu aliento entre las manos
y este amor sin sosiego entreabriendo la herida en mi costado.
Ahora cierro los ojos y si vuelvo a mirar hay una mancha pálida.
Se balancea, rueda y es la casa, mi refugio de siempre frente al miedo.
Avanza entre las brumas como un barco fantasma,
con su carga de muertos y los viejos enigmas aún sin resolver,
y allí en algún rincón, yo, la sobreviviente,
soy en este destiempo la irreal aparecida,
al acecho de algún momento en blanco, una pausa, un suspenso,
para rehacerme desde algún perfume, una ráfaga, el eco de unos pasos,
y ponerme a existir como por vez primera.
porque de aquel costado seré sombra también, o recuerdo o espíritu,
en busca de los asilos ya perdidos.
Pues tal como perduran en el cuerpo los dolores de las mutilaciones,
así vuelven las almas a reclamar por todos sus vacíos.


Extraídos de: Con esta boca, en este mundo. Ed. Sudamericana, Bs. As., 1994
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char