sábado, 21 de abril de 2018

En el Père-Lachaise, me asaltó un asco hacia la humanidad profundo y doloroso

GEORGE SAND 

Amandine Aurore Lucie Dupin
(Francia, 1804-1876)

y GUSTAVE FLAUBERT  
(Ruan, Alta Normandía; 1821-Croisset, Baja Normandía; 1880) 

Cartas
.SAND A FLAUBERT
[Nohant, 1 de octubre de 1866]
Lunes por la tarde
Querido amigo,
Su carta me ha llegado desde París. Así que la tengo. Demasiado hay en ella como para perdérmela. No me habla usted de inundaciones. Supongo, pues, que el Sena no ha hecho barbaridades en su casa y que el tulipero no ha empapado sus raíces. Temo cualquier fastidio para ustedes, y me pregunto si el terraplén ha sido lo bastante alto para protegerlos. Aquí, nosotros no tenemos nada que temer de ese estilo. Nuestros arroyos son bastante traviesos, pero los tenemos lejos.
Dichoso usted, que tiene recuerdos tan nítidos de otras existencias. Mucha imaginación y mucha erudición, he ahí su memoria. Pero, si uno no recuerda nada tan distintamente, llega a tener un sentimiento vivísimo de su propia renovación en la eternidad. Yo tenía un hermano muy gracioso que a menudo decía: cuando yo era perro… Creía ser hombre desde hacía bien poco. Yo creo que he sido vegetal o piedra. No estoy siempre segura de existir completamente, y otras veces creo sentir una gran fatiga acumulada por haber existido demasiado. En fin, no sé, y no podría, como usted, decir: poseo el pasado. Pero, entonces, ¿usted cree que uno no muere, sino que vuelve a ser? Si osa decir eso a los incrédulos, tiene valor, y eso es bueno. Yo sí tengo ese coraje, lo cual me hace pasar por imbécil, pero no arriesgo nada: ¡soy imbécil desde tantos otros puntos de vista!
Estaría encantada de tener su impresión por escrito sobre la Bretaña. Yo no he visto lo suficiente como para hablar de ello. Pero buscaba una impresión general, y me sirvió para reconstruir una o dos escenas que necesitaba. También se lo leeré, aunque todavía es un engendro informe. ¿Por qué su crónica se quedó inédita? Es usted coqueto; no encuentra todo lo que hace digno de ser mostrado. Es un error. Todo lo que proviene de un maestro es enseñanza, y no debe tener miedo a mostrar sus croquis y sus esbozos. Incluso éstos están muy por encima del lector, y se le dan tantas cosas de su nivel que el pobre diablo permanece en la vulgaridad. Hay que amar a los estúpidos más que a uno mismo, ¿acaso no son ellos los verdaderos desgraciados de este mundo? ¿No son las personas sin gusto y sin ideal las que se aburren, no gozan de nada y no sirven para nada? Es inevitable ser maltratado, escarnecido y desconocido por ellos. Pero no por ello hay que abandonarlos, y siempre hay que tirarles buen pan, que prefieren a la m… Cuando estén hartos de basura, comerán el pan, pero si no lo hay, se comerán la m… in secula seculorum.
Le he oído decir a usted: Yo no escribo más que para diez o doce personas. En las charlas se dicen un montón de cosas que son resultado de la impresión del momento. Pero no es el único que lo dice. Es la opinión, o la tesis, del día. Yo protesté interiormente. Las doce personas para las cuales escribe y que lo aprecian, lo igualan o lo superan. Y, a su vez, nunca ha tenido necesidad de leer a las once restantes para ser usted. Por lo tanto, uno escribe para todo el mundo, para cualquiera que necesite ser iniciado. Cuando no somos comprendidos, nos resignamos y volvemos a empezar.
Cuando lo somos, nos alegramos y continuamos. He ahí todo el secreto de nuestro trabajo perseverante y de nuestro amor por el arte. ¿Qué es el arte sin los corazones y los espíritus donde uno lo vierte? Un sol que no proyectaría sus rayos y que no daría vida a nada. ¿No está usted de acuerdo? Si se convence uno de eso, no conocerá jamás el desánimo ni la pereza. Y si el presente es estéril e ingrato, si perdemos todo efecto, todo crédito entre el público, queda el recurso al porvenir, que mantiene el coraje y borra cualquier herida del amor propio. Cien veces en la vida, el bien que hacemos no parece servir de nada, y no sirve de nada inmediatamente, pero sostiene al menos la tradición de la buena voluntad y el buen hacer sin la cual todo perecería.
¿Es, pues, desde el 89 que se desbarra? ¿No era necesario desbarrar para llegar, no ya al 48, cuando todavía se desbarró más, sino para llegar a lo que debe ser? Ya me dirá qué piensa usted sobre ello, y yo releeré a Turgot para complacerlo. ¡No le prometo retroceder hasta Holbach, por bueno que sea!
Ya me avisará usted cuando sea el momento de la obra de Bouilhet. Yo estaré aquí, trabajando duro, pero dispuesta a salir corriendo y amándolo de todo corazón. Ahora que prácticamente ya no soy una mujer, si el buen Dios fuera justo, me convertiría en hombre. Tendría así la fuerza física necesaria para decirle: viajemos a Cartago o más allá. Pero, en fin, se retrocede a la infancia, que no tiene sexo ni energía, y es en otra parte, bien lejos, donde uno se renueva. ¿Dónde? Yo lo sabré antes que usted y si puedo, regresaré para decírselo en sus sueños.
[sin firma]

16. SAND A FLAUBERT
[París, 7 de diciembre de 1866]
¿No poner nada del propio corazón en lo que uno escribe? No lo entiendo en absoluto, pero en absoluto. A mí me parece que no se puede poner otra cosa. ¿Acaso es posible separar el espíritu del corazón, acaso son cosas distintas? ¿Acaso es siquiera posible limitar la sensación, escindir el ser? En fin, no darse entero en la propia obra me parece tan imposible como llorar con otra cosa que con los propios ojos o pensar con otra cosa que con el propio cerebro. ¿Qué ha querido decir? Ya me responderá cuando tenga tiempo.
[sin firma]
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41. FLAUBERT A SAND
[Croisset, 31 de octubre de 1868]
Sábado por la noche

Siento remordimientos por no haber respondido en tanto tiempo a su carta, querida maestra. Usted me hablaba “de las miserias” pasadas. ¿Cree que las ignoraba? Le confesaré incluso (entre nosotros) que me sentí, en esa ocasión, herido, más todavía en mi buen gusto que en mi afecto por usted. No encontré a muchos de sus íntimos suficientemente interesantes. «¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Cómo llegan a ser los hombres de letras tan estúpidos!», fragmento de la correspondencia de Napoleón I. Bonito fragmento, ¿eh? ¿No le parece que lo denigran demasiado, a ese hombre?

La infinita estupidez de las masas me hace ser indulgente con los individuos, que tan odiosos pueden llegar a ser. He acabado de leer los diez primeros tomos de Buchez y Roux. Lo que he sacado en claro es un inmenso disgusto al enfrentarme con los Franceses. ¡En nombre de Dios! ¡Hemos sido tan ineptos durante todo este tiempo en nuestra bella patria! Ni una idea liberal que no haya sido impopular, ni una cosa justa que no haya escandalizado, ni un gran hombre que no haya recibido huevos podridos o cuchilladas. «Historia del espíritu humano, historia de la necedad humana», como dijo el señor Voltaire.

Y me convenzo cada vez más de esta verdad: estamos podridos de catolicismo. La doctrina de la Gracia nos ha llegado tan al fondo, que el sentido de la Justicia ha desaparecido. Lo que más me ha horrorizado de la historia del 48, como de sus orígenes naturales en la Revolución, es que no se despegó de la Edad Media, a pesar de lo que se cree. He encontrado en Marat fragmentos enteros de Proudhon, y creo que los volvería a encontrar en los predicadores de la Liga.

¿Cuál es la medida que propusieron los más avanzados después de Varennes? La Dictadura. Y la dictadura militar. Se cerraron las iglesias, pero se elevaron los templos, etc. Le aseguro que me vuelvo estúpido con la Revolución. Es un abismo que me fascina.

Sin embargo, trabajo en mi novela como una bestia. Espero que a finales de año no me queden más de cien páginas por escribir. Es decir, aún seis buenos meses de trabajo. Iré a París lo más tarde que pueda. Voy a pasar el invierno en la más completa soledad, buena manera de perder la vida rápidamente.

Maurice me ha escrito una carta extraordinariamente amable. Pero ¿por qué se deja disgustar por Buloz? Somos demasiado modestos con esos tipos.

¿Cuándo vendrá usted a hacerme una visita? Yo quizá iré a París tres o cuatro días hacia finales de diciembre.

¿Qué hace usted ahora? Etc., etc.

Todo mi cariño.

Gustave Flaubert
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46. FLAUBERT A SAND
[Croisset, 1 de enero de 1869]
Noche de Fin de Año, a la una

¿Por qué no empezar el año 1869 deseándole a usted y a los suyos que sea “bueno y feliz, y todo lo demás…”? Es cursi, pero me gusta.

Ahora charlemos: no, no “me enveneno la sangre”, porque nunca me he encontrado mejor. En París me dijeron que me veían “fresco como una jovencita”, ¡y la gente que ignora mi biografía atribuía esta apariencia de salud al aire del campo! ¡He ahí lo que son los prejuicios! A cada uno su higiene. Yo, cuando no tengo hambre, la única cosa que puedo comer es pan seco. Y las cosas más indigestas, como las manzanas para sidra, verdes, y el tocino, son las que me quitan los dolores de estómago. Y otras por el estilo. Un hombre que no tiene sentido común no debe vivir según las reglas del sentido común.

En cuanto a mi pasión por el trabajo, yo la compararía con un prurito. Me rasco gritando. Es a la vez un placer y un suplicio. ¡Y no hago nada de lo que quiero!

Porque uno no escoge sus temas. Ellos se imponen. ¿Encontraré alguna vez el mío?

¿Me caerá del cielo una idea que encaje completamente con mi temperamento?

¿Podré hacer un libro donde me dé todo entero? Me parece, en mis momentos de vanidad, que comienzo a entrever lo que debe ser una novela. Pero me quedan todavía tres o cuatro por escribir antes de llegar a ella —¡que por otra parte es una idea muy vaga!— y al ritmo que voy, será mucho si escribo esas tres o cuatro. Soy como aquél que piensa que la iglesia más bella sería aquella que tuviera a la vez la torre de Estrasburgo, la columnata de San Pedro, el pórtico del Partenón, etc.; tengo ideales contradictorios.

¿Que “el enclaustramiento al que me condeno es mi jardín de las delicias”? ¡No! Pero ¿qué le voy a hacer? Embriagarse con tinta es mejor que embriagarse con aguardiente. ¡La Musa, por muy esquiva que sea, da menos dolores de cabeza que la Mujer! No puedo compartir a la una con la otra. Hay que escoger. ¡Mi elección está hecha desde hace mucho! Queda el tema de los Sentidos. Siempre han sido mis servidores. Incluso en la época de mi más tierna juventud, he hecho con ellos absolutamente lo que he querido. Estoy cerca de los cincuenta; ¡y ya no es precisamente su fogosidad lo que me estorba!

Este régimen no es tan terrible; lo admito, hay momentos de vacío y de terrible aburrimiento. Pero se van volviendo más y más raros a medida que uno envejece. En fin, ¡vivir me parece un oficio para el cual no estoy hecho! ¡Y sin embargo…!

Estuve en París tres días que empleé en buscar datos y recorrer lugares para mi libro. Estaba tan extenuado el viernes pasado que me acosté a las siete de la tarde. Así son mis locas orgías en la capital.

Encontré a los Goncourt admirando frenéticamente una obra titulada Histoire de ma vie de G. Sand. Lo cual demuestra por su parte más buen gusto que erudición. Ellos incluso querían escribirle a usted para manifestarle toda su admiración. En cambio, ¡nuestro amigo Harrisse me pareció estúpido! ¡Compara a Feydeau con Chateaubriand, admira mucho Le Lépreux de la cité d’Aoste, encuentra que Don Quijote es aburrido, etc.!

¡Fíjese en qué raro es el Sentido literario! ¡Y sin embargo el conocimiento de las lenguas, la arqueología, la historia, etc., todo eso debería ser útil! La gente que se llama a sí misma instruida se vuelve cada vez más inepta en materia de arte. Lo que es el arte en sí se les escapa. Las glosas son para ellos más importantes que el propio texto. Se fían más de las muletas que de las piernas.

El viejo Sainte-Beuve me ha parecido recuperado. Está irrevocablemente inválido, más que enfermo.

No he tenido tiempo de ir a ver al príncipe, que tiene la fiebre terciana, o que al menos la ha tenido. “He oído decir” (como dicen) que se fatigó en Citerea. ¡Qué hombre tan singular! ¡No por esto, sino por todo lo demás!

No saldré de aquí antes de Pascua. Cuento con haber acabado a finales de mayo.

¡Me verá usted en Nohant, aunque caigan bombas!

¿Y el trabajo? ¿Qué hace ahora, querida maestra?

¿Cuándo nos veremos? ¿Irá a París en primavera?

Un abrazo.

Gustave Flaubert
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48. FLAUBERT A SAND

[Croisset, 2 de febrero de 1869]
Martes

Mi querida maestra,

Vea usted en su viejo trovador a un hombre muerto. He pasado ocho días en París a la búsqueda de datos agotadores (de siete a nueve horas de coche todos los días, bonito método para hacer fortuna con la Literatura… ¡en fin!). Acabo de releer mi plan de trabajo. Todo lo que me queda por escribir me asusta, ¡o más bien me asquea hasta el vómito! Siempre es así cuando reanudo el trabajo. ¡Es entonces cuando me hastío! ¡Me hastío! ¡Me hastío! ¡Pero esta vez supera las anteriores! Por eso temo tanto las interrupciones. No podía hacerlo de otra manera, sin embargo. ¡Me he pateado las pompas fúnebres, el Père-Lachaise, el valle de Montmorency, todas las tiendas de objetos religiosos, etc.!

Total, tengo aún para cuatro o cinco meses. ¡Qué buen uf voy a soltar cuando acabe! ¡Y con qué ganas dejaré a los burgueses! ¡Es hora de que me divierta! […]

Usted me hablaba de la Crítica en su última carta, diciéndome que va a desaparecer. Yo creo, al contrario, que está sólo en su aurora. Ahora ha avanzado a contrapié de la época precedente. Pero nada más (de la época de Laharpe, en que era gramática, de la época de Sainte-Beuve y de Taine, en que era histórica). ¿Cuándo será artística, nada más que artística, pero del todo artística? ¿Dónde ha encontrado usted una crítica que se preocupe de la obra en sí, de una manera intensa? Se analiza minuciosamente el medio en que se produce y las causas que la originan. Pero ¿la poética inmanente de la cual resulta? ¿Su composición, su estilo? ¿El punto de vista del autor? Nunca.

Para semejante crítica haría falta una gran imaginación y una gran bondad, quiero decir una capacidad de entusiasmo siempre dispuesta. Y además, el gusto, cualidad rara, incluso entre los mejores, hasta tal punto que nadie habla de ella.

Lo que me indigna todos los días es ver cómo se ponen al mismo nivel una obra maestra y una torpeza. Se exalta a los pequeños y se rebaja a los grandes. Nada más necio ni más inmoral.

Hablando de necedad, “he oído decir” que la Plessy se ha vuelto estúpida e insociable. Sus amigos se alejan de ella.

En el Père-Lachaise, me asaltó un asco hacia la humanidad profundo y doloroso. ¡No se imagina usted el fetichismo de las tumbas! ¡El verdadero parisino es más idólatra que un negro! Me dieron ganas de tirarme en una fosa.

¡Y la gente avanzada cree que no hay mejor ocupación que rehabilitar a Robespierre! ¡Vea el libro de Hamel! ¡Si la República regresa, volverán a bendecir los árboles de la Libertad, como política y creyendo que es una medida atrevida!

Abrace a sus dos nietas por mí. La beso en las dos mejillas, con ternura.

Su viejo
Gustave Flaubert
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64. FLAUBERT A SAND
[París, 3 de diciembre de 1869]

Querida maestra,

Su viejo trovador ha sido fuertemente denigrado en los Papeles. Lea Usted Le Constitutionnel del último lunes y Le Gaulois de esta mañana; está claro. Me tratan de cretino y de canalla. El artículo de Barbey d’Aurevilly (Constitutionnel) es, en su género, un modelo, y el de Sarcey, aunque menos violento, no le va a la zaga. ¡Esos señores se exclaman en nombre de la moral y del ideal! También recibo palos en Le Figaro y en Paris, de Cesena y Duranty.

¡Me da igual! ¡Lo que no impide que esté sorprendido ante tanto odio! ¡Y tanta mala fe!

La Tribune, Le Pays y L’Opinion nationale, por el contrario, me han elogiado mucho.

En cuanto a los amigos, las personas que han recibido un ejemplar dedicado, tienen miedo de comprometerse y me hablan de cualquier otra cosa. Los valientes son raros. El libro, sin embargo, se vende bastante bien, a pesar de la política, y me da la impresión de que Lévy está contento.

Sé que los burgueses de Rouen están furiosos conmigo, a causa del padre Roque y de los sótanos de las Tullerías. Dicen que «se debería prohibir la publicación de libros como ésos» (textual), que doy la mano a los rojos, que soy culpable de atizar las pasiones revolucionarias, etc., etc.[…]

En resumen, recojo pocas hojas de laurel, y ninguna hoja de rosa me hiere.

¡Qué ganas tengo de abrazarla!

Mil abrazos de su viejo
Gustave Flaubert

Todos los periódicos citan como prueba de mi bajeza el episodio de la Turca, que tergiversan, por supuesto. ¡Y Sarcey me compara al marqués de Sade, que reconoce no haber leído!

Todo esto no me afecta lo más mínimo. Pero me pregunto: ¿para qué publicar?
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68. SAND A FLAUBERT
[Nohant, 9 enero 1870]

[…] Siguen hundiendo tu libro. Eso no le impide ser un bello y buen libro. Se le hará justicia tarde o temprano, siempre se hace justicia. Al parecer, se ha adelantado a su tiempo; o más bien ha llegado demasiado a tiempo. Ha captado demasiado bien el desasosiego que reina en los espíritus. Ha metido el dedo en la llaga. La gente se reconoce en él demasiado.

Todos te adoran aquí, y tenemos la conciencia suficientemente limpia como para enfadarnos con la verdad; hablamos de ti cada día. Ayer, Lina me decía que ella admira mucho todo lo que haces, pero que prefería Salambó a tus pinturas modernas.

Si hubieras estado escondido en un rincón, he aquí lo que le habrías oído decir a ella, a mí y a los otros:

Es más grande que la media de los demás. Su espíritu es como él, fuera de las proporciones comunes. En eso, tiene de Víctor Hugo al menos tanto como de Balzac, pero tiene el gusto y el discernimiento que le faltan a Hugo, y es artista, lo cual Balzac no es. ¿Es entonces más que ellos dos? ¿Chi lo sa? Todavía no ha dado todo lo que puede de sí. El potencial de su cerebro lo ofusca. No sabe si será poeta o realista, y como él es lo uno y lo otro, eso lo fastidia. Debe desembarazarse de sus influencias. Lo ve todo y quiere captarlo todo a un tiempo. No está a la altura del público que quiere comerlo todo a pequeños bocados, y a quien las grandes tajadas asfixian. Pero el público irá a él de cualquier modo, cuando haya comprendido. Incluso irá a él muy pronto, si el autor desciende a querer ser comprendido. Para eso debería hacer una concesión al relajamiento de su inteligencia. Habría que reflexionar mucho antes de osar darle ese consejo.

Hasta aquí el resumen de lo dicho. No es inútil conocer la opinión de la buena gente y de la gente joven. Los más jóvenes dicen que La educación sentimental los ha dejado tristes. No se reconocen, ellos que aún no han vivido. Pero tienen ilusiones, y dicen: ¿por qué ese hombre tan bueno, tan amable, tan alegre, tan sencillo, tan simpático, quiere desanimarnos de la vida? Lo que dicen está mal razonado, pero como es instintivo, quizá hay que tenerlo en cuenta.

[…]

Te abrazo, por mí y por toda la nidada.
George Sand

viernes, 20 de abril de 2018

A las siete cuarenta y cinco esta noche es Primavera


FRANCIS SCOTT FITZGERALD

 (St. Paul, Minnesota, EE.UU., 1896–Hollywood, California, 1940)

—Tío Bob, cuando las cosas se complican tanto que no hay solución, ¿usted qué hace?
—Sr. Fitzgerald —me dijo—, cuando las cosas se ponen así, yo trabajo.

Afternoons of an Author, Francis Scott Fitzgerald.
Charles Scribner's Sons, New York,1957
***
Poemas de la era del jazz
CANCIÓN DE PRIMAVERA

Lo que la arranca, si al poeta le da por delirar
cuando las campanas en las arandelas se empiezan a retorcer y las banderas en las grandes losas empiezan a ondear cuando a las siete y cuarenta y cinco esta noche es Primavera los petardos en las cajas de petardos vuelan en pedazos mis propios zapatos me empiezan a apretar vale, esta modesta y humilde pequeña oda va dando bandazos por el papel mientras escribo
  iré a hacer un striptease en el parque
pero, recuerde señora, este importante dato,
pues aunque sea multado por Misseldine por estar en pelotas
con todo, a las siete cuarenta y cinco esta noche es Primavera.

Visor. Edición bilingüe. Traducción de Jesús Isaías Gómez. Barcelona, 2016.
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Suave es la noche

"A mí me gusta Francia, donde todo el mundo se cree que es Napoleón. Aquí (en Roma) todo el mundo se cree que es Jesucristo."


Después de comer se sintieron las dos abatidas con el súbito aplanamiento que les entra a los viajeros norteamericanos en lugares apacibles del extranjero. No sentían ningún estímulo, no oían voces que las llamaran del exterior, ni les llegaban de pronto, de otras mentes, fragmentos de sus propios pensamientos. Tanto echaban de menos el clamor del Imperio que tenían la sensación de que en aquel lugar la vida se había detenido.
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"Las tres mujeres que había en la mesa eran perfectos ejemplos del enorme flujo de la vida norteamericana. Nicole era nieta de un capitalista (...), Mary North era hija de un empapelador y descendiente del presidente Tyler. Rosemary pertenecía a la clase media y su madre la había lanzado a las cumbres inexploradas de Hollywood."
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"El hotel y la brillante alfombra tostada que era su playa formaban un todo. Al amanecer, la imagen lejana de Cannes, el rosa y el crema de las viejas fortificaciones y los Alpes púrpuras lindantes con Italia se reflejaban en el agua tremulosos entre los rizos y anillos que enviaban hacia la superficie las plantas marinas en las zonas claras de poca profundidad. Antes de las ocho bajó a la playa un hombre envuelto en un albornoz azul y, tras largos preliminares dándose aplicaciones del agua helada y emitiendo una serie de gruñidos y jadeos, avanzó torpemente en el mar durante un minuto. Cuando se fue, la playa y la ensenada quedaron en calma por una hora. Unos barcos mercantes se arrastraban por el horizonte con rumbo oeste, se oía gritar a los ayudantes de camarero en el patio del hotel, y el rocío se secaba en los pinos. Una hora más tarde, empezaron a sonar las bocinas de los automóviles que bajaban por la tortuosa carretera que va a lo largo de la cordillera inferior de los Maures, que separa el litoral de la auténtica Francia provenzal.
A dos kilómetros del mar, en un punto en que los pinos dejan paso a los álamos polvorientos, hay un apeadero de ferrocarril aislado desde el cual una mañana de junio de 1925 una victoria condujo a una mujer y a su hija hasta el hotel de Gausse. La madre tenía un rostro de lindas facciones, ya algo marchito, que pronto iba a estar tocado de manchitas rosáceas; su expresión era a la vez serena y despierta, de una manera que resultaba agradable. Sin embargo, la mirada se desviaba rápidamente hacia la hija, que tenía algo mágico en sus palmas rosadas y sus mejillas iluminadas por un tierno fulgor, tan emocionante como el color sonrojado que toman los niños pequeños tras ser bañados con agua fría al anochecer.
(...)
¡Ya estoy contigo! Suave es la noche... ... Pero aquí no hay luz, Salvo la que del cielo trae la brisa. Entre tinieblas de verdor y caminos de musgo tortuosos. 
John Keats, Oda a un ruiseñor.

En la apacible costa de la Riviera francesa, a mitad de camino aproximadamente entre Marsella y la frontera con Italia, se alza orgulloso un gran hotel de color rosado.

Suave es la noche Traducción José Luis Piquero. Hermida Editores (1934)
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El gran Gatsby
1
Cuando era más joven y más vulnerable, mi padre me dio un consejo en el que no he dejado de pensar desde entonces.

«Siempre que sientas deseos de criticar a alguien —me dijo—, recuerda que no a todo el mundo se le han dado tantas facilidades como a ti.»

Eso fue lo único que dijo, pero como siempre nos lo hemos contado todo sin renunciar por ello a la discreción, comprendí que su frase encerraba un significado mucho más amplio. El resultado es que tiendo a no juzgar a nadie, costumbre que ha hecho que me relacione con muchas personas interesantes y me ha convertido también en víctima de bastantes pelmazos inveterados. Las personalidades peculiares descubren enseguida esa cualidad y se aferran a ella cuando la encuentran en un ser humano normal, y por eso en la universidad se me llegó a acusar injustamente de hacer política, porque estaba al tanto de las penas secretas de jóvenes alborotadores que eran un misterio para otros. Yo no buscaba casi nunca aquellas confidencias: con frecuencia fingía dormir, o estar preocupado, o adoptaba una actitud hostilmente irónica cuando algún signo inconfundible me hacía prever que una revelación de carácter íntimo se perfilaba en el horizonte; porque las confidencias de los jóvenes, o al menos los términos en los que las expresan, suelen ser plagios y estar viciadas por evidentes supresiones. Suspender el juicio conlleva una esperanza infinita. Todavía temo perderme algo si olvido que, como mi padre sugería de manera un tanto esnob, y yo repito aquí con el mismo espíritu, la conciencia de las normas básicas de conducta se reparte de manera desigual al nacer.

Unas amables palmeras refrescan su fachada ruborosa y ante él se extiende una playa corta y deslumbrante. Últimamente se ha convertido en lugar de veraneo de gente distinguida y de buen tono, pero hace una década se quedaba casi desierto una vez que su clientela inglesa regresaba al norte al llegar abril. Hoy día se amontonan los chalés en los alrededores, pero en la época en que comienza esta historia sólo se podían ver las cúpulas de una docena de villas vetustas pudriéndose como nenúfares entre los frondosos pinares que se extienden desde el Hótel des Étrangers, propiedad de Gausse, hasta Cannes, a ocho kilómetros de distancia.
El hotel y la brillante alfombra tostada que era su playa formaban un todo. Al amanecer, la imagen lejana de Cannes, el rosa y el crema de las viejas fortificaciones y los Alpes púrpuras lindantes con Italia se reflejaban en el agua tremulosos entre los rizos y anillos que enviaban hacia la superficie las plantas marinas en las zonas claras de poca profundidad. Antes de las ocho bajó a la playa un hombre envuelto en un albornoz azul y, tras largos preliminares dándose aplicaciones del agua helada y emitiendo una serie de gruñidos y jadeos, avanzó torpemente en el mar durante un minuto.
Cuando se fue, la playa y la ensenada quedaron en calma por una hora. Unos barcos mercantes se arrastraban por el horizonte con rumbo oeste, se oía gritar a los ayudantes de camarero en el patio del hotel, y el rocío se secaba en los pinos. Una hora más tarde, empezaron a sonar las bocinas de los automóviles que bajaban por la tortuosa carretera que va a lo largo de la cordillera inferior de los Maures, que separa el litoral de la auténtica Francia provenzal.
A dos kilómetros del mar, en un punto en que los pinos dejan paso a los álamos polvorientos, hay un apeadero de ferrocarril aislado desde el cual una mañana de junio de 1925 una victoria condujo a una mujer y a su hija hasta el hotel de Gausse. La madre tenía un rostro de lindas facciones, ya algo marchito, que pronto iba a estar tocado de manchitas rosáceas; su expresión era a la vez serena y despierta, de una manera que resultaba agradable. Sin embargo, la mirada se desviaba rápidamente hacia la hija, que tenía algo mágico en sus palmas rosadas y sus mejillas iluminadas por un tierno fulgor, tan emocionante como el color sonrojado que toman los niños pequeños tras ser bañados con agua fría al anochecer. Su hermosa frente se abombaba suavemente hasta una línea en que el cabello, que la bordeaba como un escudo heráldico, rompía en caracoles, ondas y volutas de un color rubio ceniza y dorado. Tenía los ojos grandes, expresivos, claros y húmedos, y el color resplandeciente de sus mejillas era auténtico, afloraba a la superficie impulsado por su corazón joven y fuerte. Su cuerpo vacilaba delicadamente en el último límite de la infancia: tenía cerca de dieciocho años y estaba casi desarrollada del todo, pero seguía conservando la frescura de la primera edad.
Al surgir por debajo de ellas el mar y el cielo como una línea fina y cálida, la madre dijo:
-Tengo el presentimiento de que no nos va a gustar este sitio.
-De todos modos, lo que yo quiero es volver a casa -replicó la muchacha.
Hablaban las dos animadamente, pero era evidente iban sin rumbo y ello les fastidiaba. Además, tampoco se trataba de tomar un rumbo cualquiera."
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“Me miró con comprensión, mucho más que con comprensión. Era una de esas raras sonrisas capaces de tranquilizarnos para toda la eternidad, que sólo encontramos cuatro o cinco veces en la vida. Aquella sonrisa se ofrecía —o parecía ofrecerse— al mundo entero y eterno, para luego concentrarse en ti, exclusivamente en ti, con una irresistible predisposición a tu favor”

El gran Gatsby. Alianza Editorial. 1924
Traducción de Rafael Ruiz de la Cuesta

jueves, 19 de abril de 2018

A Dios no le falta nada

C.S. Lewis 
(Belfast, Irlanda del Norte, 1898-Oxford, Inglaterra, 1963)



"Me rendí, y admití que Dios era Dios, y me arrodillé y recé."
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La cristiandad
(fragmento)

"Ahora bien, a menos que el que hable sea Dios, esto resulta tan absurdo que raya en lo cómico. Todos podemos comprender el que un hombre perdone ofensas que le han sido infligidas. Tú me pisas y yo te perdono, tú me robas el dinero y yo te perdono. Pero ¿qué hemos de pensar de un hombre, a quien nadie ha pisado, a quien nadie ha robado nada, que anuncia que él te perdona por haber pisado a otro hombre o haberle robado a otro hombre su dinero? Necia fatuidad es la descripción más benévola que podríamos hacer de su conducta. Y sin embargo esto es lo que hizo Jesús."
Mero Cristianismo.  Harper Collins Arcadia.
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Las crónicas de Narnia 
(El león, la bruja y el armario)
Fragmento

–¡Lógica! –dijo el Profesor como para sí—. ¿Por qué hoy no se enseña lógica en los colegios? Hay sólo tres posibilidades: su hermana miente, está loca o dice la verdad. Ustedes saben que ella no miente y es obvio que no está loca. Por el momento, y a no ser que se presente otra evidencia, tenemos que asumir que ella dice la verdad.
Susana lo miró sostenidamente y por su expresión pudo deducir que, en realidad, no se estaba riendo de ellos.
—Pero, ¿cómo puede ser cierto, señor? —dijo Pedro.
—¿Por qué dice eso?
—Bueno, por una cosa en primer lugar —contestó Pedro—. Si esa historia fuera real, ¿por qué no encontramos ese país cada vez que abrimos el ropero? No había nada allí cuando fuimos todos a ver.
Incluso Lucía reconoció que no había nada.
—¿Qué tiene que ver eso con todo esto? —preguntó el Profesor.
—Bueno, señor, si las cosas son reales, deberían estar allí todo el tiempo.
—¿Están? —dijo el Profesor. Pedro no supo qué contestar.
—Pero ni siquiera hubo tiempo —interrumpió Susana—. Lucía no tuvo tiempo de haber ido a ninguna parte, aunque ese lugar existiera. Vino corriendo tras de nosotros en el mismo instante en que salíamos de la habitación. Fue menos de un minuto y ella pretende haber estado afuera durante horas. 
–Profesor—. Si en esta casa hay realmente una puerta que conduce hacia otros mundos (y les advierto que es una casa muy extraña y que incluso yo sé muy poco sobre ella); si, como les digo, ella se introdujo en otro mundo, no me sorprendería en absoluto que éste tuviera su tiempo propio. Así, no
tendría importancia cuánto tiempo permaneciera uno allá, pues no tomaría nada de nuestro tiempo.
Por otro lado, no creo que muchas niñas de su edad puedan inventar una idea como ésta por sí solas.
Si ella hubiera imaginado toda esa historia, se habría escondido durante un tiempo razonable antes de aparecer y contar su aventura.
—¿Realmente usted piensa que puede haber otros mundos como ése en cualquier parte, así, a la vuelta de la esquina? —preguntó Pedro.
—No imagino nada que pueda ser más probable —dijo el Profesor. Se sacó los anteojos y comenzó a limpiarlos mientras murmuraba para sí—: Me pregunto, ¿qué es lo que enseñan en estos colegios?

The Lion, the Witch and the Wardrobe.
© 1950 by C. S. Lewis Pte Ltd.
© 2000 por Editorial Andrés Bello.
Traducción de Margarita Valdés E.
Edición Digital de Arácnido.
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Los cuatro amores 
(Fragmento)

"Dios es amor, dice San Juan. Cuando por primera vez intenté escribir este libro, pensé que esta máxima me llevaría por un camino ancho y fácil a través de todo el tema. Pensé que podría decir que los amores humanos merecen el nombre de amor en tanto que se parecen a ese Amor que es Dios. Así que la primera distinción que hice fue entre lo que yo llamé amor-dádiva y amor-necesidad. El ejemplo típico del amor-dádiva es el amor que mueve a un hombre a trabajar, a hacer planes y ahorrar para el mañana pensando en el bienestar de su familia, aunque muera sin verlo ni participe de ese bienestar. 
Ejemplo de amor-necesidad es el que lanza a un niño solo y asustado a los brazos de su madre. No tenía duda sobre cuál era más parecido al Amor en sí mismo. El Amor divino es Amor-Dádiva. El Padre da al Hijo todo lo que es y tiene. El Hijo se da a sí mismo de nuevo al Padre; y se da a sí mismo al mundo, y por el mundo al Padre; y así también devuelve el mundo, en sí mismo, al Padre. Por otra parte, ¿qué hay de menos semejante a lo que creemos que es la vida de Dios que el amor-necesidad?
A Dios no le falta nada, en cambio nuestro amor-necesidad, como dice Platón, es "hijo de la Necesidad"; es el exacto reflejo de nuestra naturaleza actual: nacemos necesitados; en cuanto somos capaces de darnos cuenta, descubrimos la soledad; necesitamos de los demás física, afectiva e intelectualmente; les necesitamos para cualquier cosa que queramos conocer, incluso a nosotros mismos. Esperaba escribir algunos sencillos panegíricos sobre la primera clase de amor y algunas críticas en contra del segundo. Y mucho de lo que iba a decir todavía me parece que es verdad; aún pienso que si todo lo que queremos decir con nuestro amor es deseo de ser amados, es que estamos en una situación muy lamentable. Pero lo que no diría ahora (con mi maestro MacDonald) es que si significamos el amor solamente con ese deseo estamos, por eso, llamando amor a algo que no lo es en absoluto. No, ahora no puedo negar el nombre de "amor" al amor-necesidad. Cada vez que he intentando pensar en este asunto de otro modo, he terminado haciéndome un lío y contradiciéndome. La realidad es mucho más complicada de lo que yo suponía."
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El problema del dolor

El Hijo de Dios sufrió hasta morir, no para que los hombres
no sufrieran, sino para que sus sufrimientos pudieran ser
como los Suyos
GEORGE MACDONALD
Unspoken Sermons

Prefacio
Cuando el señor Ashley Sampson me sugirió que escribiera este libro, pedí que se me permitiera hacerlo en forma anónima; pues, si decía lo que realmente pensaba acerca del dolor, me vería obligado a hacer afirmaciones que suponen tal fortaleza, que resultarían ridículas si se supiera de quién provenían. Mi petición fue rechazada porque el anonimato sería incongruente con esta serie de libros. Sin embargo, el señor Sampson me señaló que podía escribir un prólogo explicando que, en la práctica, yo no era capaz de vivir de acuerdo a mis principios; y así, ahora me encuentro abocado a esta empresa fascinante. Debo
confesar de inmediato, usando las palabras de Walter Hilton, que a lo largo de estas páginas "estoy tan lejos de sentir realmente lo que digo, que no me queda más que ansiarlo fervientemente y clamar por misericordia"1. Sin embargo, y precisamente por eso, hay algo que no se me puede reprochar; nadie puede decir, "¡Se burla de las llagas el que nunca recibió una herida!"2, ya que jamás, ni por un instante, me he encontrado en un estado de ánimo en que, el solo imaginarme un sufrimiento serio, me pareciera algo menos que intolerable. Si existe un hombre que esté a salvo del peligro de menospreciar a este adversario... ese hombre soy yo. Debo agregar, también, que la única finalidad de este libro es resolver el problema intelectual que surge ante el sufrimiento. Jamás he caído en la insensatez de considerarme calificado para la tarea superior de educar en fortaleza y paciencia, ni tengo nada que ofrecer a mis lectores, aparte del convencimiento de que —al vernos enfrentados al dolor— un poco de valentía ayuda más que mucho conocimiento; un poco de comprensión, más que mucha valentía, y el más leve indicio del amor de Dios, más que todo lo demás.
Si un teólogo lee estas páginas, se dará cuenta con facilidad que son obra de un laico y de un aficionado. A excepción de los dos últimos capítulos, en que hay partes claramente especulativas, he creído repetir doctrinas antiguas y ortodoxas. Si alguna parte del libro es "original", entendiéndose por esto último algo nuevo o no ortodoxo, lo es contra mi voluntad y producto de mi ignorancia. Escribo, por supuesto, como laico de la Iglesia de Inglaterra; sin embargo, he intentado expresar sólo aquello que sea aceptado por todos los cristianos
bautizados y en comunión con su fe.
Como éste no es un trabajo erudito, no me he preocupado mayormente de remitir las ideas o citas a sus fuentes originales, de no ser éstas fácilmente recuperables. Cualquier teólogo podrá notar con facilidad qué y cuan poco he leído.

1 WALTER HILTON. Scala Perfectionis. 2 Nota trad. WILLIAM SHAKESPEARE. Romeo y Julieta, II, 2
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Una pena observada

"Parte de todo dolor es, digámoslo así, la sombre del dolor o su reflejo: el hecho de que no sólo sufres, sino que debes seguir pensando acerca del hecho de que sufres"
"Resulta difícil ser paciente con las personas que dicen "no hay muerte" o "la muerte no importa".
"Hay muerte, y sea lo que sea, importa"
"Sólo un riesgo verdadero pone a prueba la realidad de una creencia"
"La realidad nunca se repite. Nunca se quita y se devuelve lo mismo"
"¿Por qué la separación que tanto duele al amante que queda atrás va a ser indolora para el amante que marcha? ¿Pero por qué están tan seguros de que con la muerte termina toda angustia?"
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«(...) Los momentos en los que el alma no encierra más que un puro grito de auxilio deben ser precisamente aquellos en que Dios no puede socorrer. Igual que un hombre a punto de ahogarse al que nadie puede socorrer porque se aferra a quien lo intenta y le aprieta sin dejarle respiro. Es muy probable que nuestros propios gritos reiterados ensordezcan la voz que esperamos oír.»

C.S. Lewis, Una pena observada, Editorial Anagrama. Versión de Carmen Martín Gaite.

miércoles, 18 de abril de 2018

Y el pulso ajeno de la poesía

Diego Colomba

(San Nicolás, Buenos Aires, Argentina, 1972)


Blanco a la cal

¿Qué hacen un tuerto alcohólico y un estrábico con vértigo en la cornisa? Se preguntó Dios, o un vecino, esa mañana de verano. Antes de que pintaran el techo, con escobas viejas, bajo la luz cegadora del cielo.
***
Motivos

Los cardos sin flor, el yuyal y esta huella de tierra que se pierde como un hilo en la  palma de una mano dan ganas de seguir respirando este aire frío y seco. Porque es terrena mi buenaventura.
Tomado de dimafe.com
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Representación

Olor dulzón a madreselvas. Pájaros que caen. Ladridos. Y el pulso ajeno de la poesía.
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La humildad nunca es elegida

Ahora
que el sol
quema
en el porlan
me mandan
a la sombra
del galpón.

Qué nítidos
se ven
los demás
desde lo oscuro.

Cómo se mueven
de una lado
a otro.

Qué ganas
ciegas
de vivir.

De Blanco a la cal. https://www.scribd.com/.../Blanco-a-La-Cal-Libro-Colomba

martes, 17 de abril de 2018

noche y día y

MARÍA DEL CARMEN COLOMBO 

(Buenos Aires, Argentina, 1950)

bien colocada 
la moneda que falta
en la ranura del error 
y atiende el inter
locutor que dice: hola, soy 
el que soy, 
tiene Ud. un problema conmigo?

tengo un vano problema
con todo
en el cable de los años pasan 
enredada en mi cabeza
no puedo responder 

me quedé sin 
tono

cuánto me falta para
lo que me falta

una orquesta de almas
desafinadas voces
en mi oído absoluto 
noche y día y 

entre tantas Una 
alcanzo a distinguir su pregunta: 
cuál es 
tu gracia?

desde el otro lado
de la línea
le digo
por el tubo que no tengo

"arder
cuando llamas"

De La muda encarnación. Último Reino (1993).

lunes, 16 de abril de 2018

Camino sin agua y sin brújula

Viviana Paletta

(Buenos Aires, Argentina, 1967. Reside en Madrid desde 1991)

Librecambio

No se puede medir
esta extensión
con una lengua raquítica.
Hemos alcanzado el principio
de la igualdad
del dinero.
Demás está decir que llueve
y un párpado aterido
concede la licencia
para dispararle.
Es un cuerpo vano. Se enreda entre las hojas.
La tarde ni se asombra.
Cambio es dinero.
Quietud es dinero.
Al cuerpo no le atañe lo que es.
No presiente su parcelación,
el éxtasis de las mercancías.
Su don nadie en las guerras ajenas.
No va más allá de la fosa común
y su arpón sin rezo.
Sólo su cabeza vacila
entre la quietud y la escasez.
**
El ropavejero

Tengo mi capa de trapos.
Mi fusil sin hombro.
El poncho mezquino del cielo
envuelve la luz,
esconde
una esquirla de plata.

El miedo flamea
con su casaca rotosa,
con su paso descalzo.

Camino sin agua y sin brújula.
No veo la rígida constelación sur.
Voy derechito a la emboscada
o al paludismo.

Oigo descargas lejanas, inconexas.
Es la interrumpida noticia que da el silencio.

Siento pozos de frío
en mi cuerpo.

De Las naciones hechizadas. Colección Once de la editorial Amargord, 2018.

viernes, 13 de abril de 2018

Me gustaría que mi vida, y mi muerte, fueran tan sencillas

Raymond Carver
(Clatskanie, EE.UU., 1938 - Port Angels, id., 1988)



EL CABALLETE
He perdido el tiempo esta mañana,
y estoy profundamente avergonzado.
Ayer noche me acosté pensando en mi padre.
En el riachuelo donde pescábamos -Butte Creek-
cerca del lago Almanor. El agua me arrullaba en sueños.
En el sueño, estaba por todas partes
y yo no podía levantarme ni moverme.
Pero cuando desperté esta mañana temprano
fui al teléfono. Aunque 
el río fluía allá abajo en el valle,
en la pradera corriendo entre los tréboles.
Pinos se alzaban a ambos lados de la pradera.
Y yo estaba allí.
Un niño sentado en un caballete de madera,
mirando hacia abajo.
Viendo a mi padre beber agua con las manos.
Luego dijo: "El agua está tan buena.
Me gustaría poder llevarle a mi madre un poco de este agua".
Mi padre todavía la quería, aunque estaba muerta
y él había pasado mucho tiempo lejos de ella.
Tuvo que esperar algunos años más
hasta que pudo ir adonde estaba. Pero él quería
a esta región donde se encontró a sí mismo. El Oeste.
Durante treinta años la tuvo en el corazón,
y luego la dejó ir. Se acostó una noche
en un pueblo del norte de California
y no despertó. ¿Hay algo más sencillo?
Me gustaría que mi vida, y mi muerte, fueran tan sencillas.
De modo que cuando despierte 
una hermosa mañana como ésta,
después de estar en algún sitio
donde quería estar toda la noche,
algún sitio importante, pudiera moverme del modo más natural
y sin pensar en ello, hasta mi mesa de trabajo.
Digamos que lo hice, del modo sencillo que he descrito.
De la cama a la mesa de trabajo de la infancia.
Desde aquí no hay mucho hasta el caballete.
Y desde el caballete podría mirar hacia abajo
y ver a mi padre cuando necesitara verlo.
Mi padre bebiendo agua fresca. Mi dulce padre.
El río, sus praderas, y pinos, y el caballete.
Ese. Donde una vez estuve.
Me gustaría hacer eso
sin tener que disculparme ante mí mismo por ello.
Ni sentirme mal por interesarme por cosas menos importantes.
Sé que es hora de cambiar de vida.
Esta vida -con sus complicaciones 
y llamadas telefónicas- es indecente.
y una pérdida de tiempo.
Quiero hundir mis manos en agua fresca. Del modo
en que lo hizo él. Otra vez y otra vez y otra.
.
.
De Bajo una luz marina. Introducción y traducción de Mariano Antolín Rato. Visor Libros

jueves, 12 de abril de 2018

Importaba seguir el juego

Raquel Cané

(Santa Fe, Argentina, 1974)

Piedra

Cuando el dolor era épico
hacías un torniquete en el tajo que deja una caña
amurallabas la sangre
importaba seguir el juego
construir la choza 
y atacar al enemigo que era ese otro
el que venía del barrio vecino.
Las municiones eran visibles
bolillas de paraíso que recogíamos juntos.
Cuando el dolor era épico
mostrabas las cicatrices con orgullo.

Imagen: tomada de su fb.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char